Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Las dos damas, a quienes, antes de que empezara la temporada en Suiza, habían advertido de lo imprudente de sus planes, de que los puertos de montaña estarían impracticables, el aire frío y los albergues cerrados; las dos damas que, como era típico de ellas, se habían enfrentado a infinitas quejas que habían supuesto interesadas, estaban comprobando, por cómo se desarrollaba su aventura, hasta qué punto habían estado en lo cierto. Veían lo poco ecuánime que había sido el juicio de los maîtres y otros funcionarios de los lagos italianos; ellas mismas —al menos la más joven— se daban cuenta de su impaciencia y de lo osado de sus sueños, por lo que, entre la inmensa variedad de conclusiones a las que llegaron, dedujeron que en aquellos operísticos palacios de Villa d’Este, de Cadenabbia, de Pallanza y de Stresa[6], las mujeres solas, aunque contasen con la ayuda de una biblioteca ambulante de instructivos volúmenes, corrían el riesgo de que las timasen y engañaran. Por otro lado, los vuelos de su fantasía habían sido modestos; por ejemplo, no habían arriesgado nada vital al albergar la esperanza de atravesar el paso del Brünig. De hecho lo estaban cruzando con relativa facilidad en el momento en que las encontramos, y lo único que les habría gustado, en vista de la impresionante belleza del paso a principios de primavera, habría sido demorarse más tiempo y que los sitios donde detenerse a descansar fueran más numerosos.
