Las alas de la paloma
Las alas de la paloma A su regreso, la joven no dijo nada sobre las palabras escritas en el Tauchnitz, y la señora Stringham reparó en que no llevaba el libro consigo. Lo habÃa olvidado y lo más probable era que no volviera a acordarse. Su compañera decidió enseguida no contarle que la habÃa seguido; y, asombrosamente, a los cinco minutos de su regreso, se puso en evidencia la preocupación que conllevaba aquel olvido.
—¿Te parecerÃa muy detestable, si te dijese que, después de todo…?
La señora Stringham habÃa pensado ya todo lo que tenÃa que pensar al oÃr el tono en que formuló la pregunta y respondió con un ademán de consentimiento que hizo que las palabras de Milly dieran paso a un evidente alivio.
—¿No quieres que nos quedemos, preferirÃas que continuáramos el viaje? Si es asà nos iremos al despuntar el dÃa, o cuando tú quieras; se ha hecho un poco tarde para ponernos en camino ahora —y sonrió para dejar claro que no hablaba en serio al insinuar que la joven pudiera querer partir de inmediato—. Te insistà en que nos quedáramos —añadió—, asà que me lo tengo bien merecido.
Milly por lo general celebraba la mayorÃa de las bromas de su buena amiga, pero en esta ocasión se limitó a asentir con gesto un poco ausente.
—Claro, te pasas la vida insistiéndome.
