Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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II

A su regreso, la joven no dijo nada sobre las palabras escritas en el Tauchnitz, y la señora Stringham reparó en que no llevaba el libro consigo. Lo había olvidado y lo más probable era que no volviera a acordarse. Su compañera decidió enseguida no contarle que la había seguido; y, asombrosamente, a los cinco minutos de su regreso, se puso en evidencia la preocupación que conllevaba aquel olvido.

—¿Te parecería muy detestable, si te dijese que, después de todo…?

La señora Stringham había pensado ya todo lo que tenía que pensar al oír el tono en que formuló la pregunta y respondió con un ademán de consentimiento que hizo que las palabras de Milly dieran paso a un evidente alivio.

—¿No quieres que nos quedemos, preferirías que continuáramos el viaje? Si es así nos iremos al despuntar el día, o cuando tú quieras; se ha hecho un poco tarde para ponernos en camino ahora —y sonrió para dejar claro que no hablaba en serio al insinuar que la joven pudiera querer partir de inmediato—. Te insistí en que nos quedáramos —añadió—, así que me lo tengo bien merecido.

Milly por lo general celebraba la mayoría de las bromas de su buena amiga, pero en esta ocasión se limitó a asentir con gesto un poco ausente.

—Claro, te pasas la vida insistiéndome.


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