Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Después todo habÃa ido tan deprisa que Milly no dijo sino la pura verdad cuando le comentó al caballero que tenÃa a su derecha —sentado a su vez a la izquierda de la anfitriona— que aún no sabÃa muy bien dónde se encontraba, palabras que daban a entender que por primera vez tenÃa la plena sensación de encontrarse ante una escena verdaderamente novelesca. Ella y su amiga estaban cenando ya en Lancaster Gate, rodeadas, o eso le pareció, de tantos detalles ingleses como pudieran desear; y eso que hasta hacÃa muy poco ni siquiera conocÃa la existencia de la señora Lowder y menos aún de su notable personalidad. A Susie, como últimamente le habÃa dado por llamar de manera un tanto frÃvola a su compañera, le habÃa bastado con agitar su varita para que empezara de inmediato un cuento de hadas en el que brillaba —pues en eso se habÃa traducido el éxito de la señora Stringham— en su papel de hada madrina. Milly casi habÃa insistido en vestirla como tal para la ocasión; y, si la buena señora no se habÃa presentado varita mágica en mano, con un sombrero puntiagudo, una capa corta y unos zapatos con diamantes en las hebillas, no habÃa sido por falta de ganas de la joven. La buena señora parecÃa no obstante tan satisfecha como si luciera tales insignias; y la observación que le hizo Milly a lord Mark fue sin duda el resultado de un leve cruce de miradas, que ni siquiera la enorme longitud de la mesa habÃa podido impedir. HabÃa veinte personas entre las dos, pero aquel largo intercambio fue la consecuencia más sutil de aquel otro intercambio de opiniones cuando se detuvieron en el paso entre las montañas suizas. Milly casi tenÃa la sensación de que su suerte se habÃa precipitado un poco más de la cuenta, como si después de aventurarse a hacer una pequeña broma hubiera recibido una respuesta de una gravedad desproporcionada. En ese instante, por ejemplo, no habrÃa sabido decir si esa agudización de sus percepciones la hacÃa sentir más animada o más angustiada; y su situación, de hecho, habrÃa sido más grave si, por suerte, no hubiese decidido, nada más ver asomar el peligro, que lo más importante era no buscar ni evitar nada, ni siquiera sorprenderse demasiado, sino dejar que las cosas sucediesen, pues no cabÃan demasiadas dudas sobre el resultado.
