Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Se preguntó si su vecino de la derecha entendería a lo que se refería con esa descripción si se lo explicara, aunque otra de las cosas que intuyó fue precisamente que no debía hacerlo. No obstante, a estas alturas ya tenía claro que su estrategia consistiría en ser inteligente; y, sin duda, lo más interesante sería apreciar los nuevos efectos y referencias tanto de la inteligencia como de la sencillez de la gente. La certidumbre —nunca había sido tan clara— de que iba a volcarse de lleno hacía que se emocionara, se ruborizase y volviera a palidecer: tanto el ambiente del comedor como el esplendor de la ocasión tenían para ella unos ecos muy claros y un tono muy profundo. Las cosas más insignificantes, los rostros, las manos y las joyas de las mujeres; las palabras, sobre todo los nombres, que se oían al otro lado de la mesa; la forma de los tenedores, el arreglo de las flores, la actitud de los criados o las paredes del salón, eran como las pinceladas de un cuadro o las indicaciones escénicas en una obra de teatro y subrayaban la agudeza de su visión. Estaba casi convencida de no haberse hallado nunca en ese estado de exaltación, su sensibilidad resultaba casi incómoda; había, por ejemplo, más indicaciones de las que podía catalogar en la actitud de la amable sobrina, que le parecía tan distinguida e interesante como sorprendentemente cordial. Era evidente que la joven tenía otras posibilidades; sin embargo allí, por voluntad propia, había esbozado ya una relación. ¿Reanudarían la señorita Croy y ella la historia donde la habían dejado sus mayores tantos años antes? ¿Descubrirían que se apreciaban mutuamente e intentarían desarrollar aquella fidelidad según criterios más modernos? Al llegar a Inglaterra había dudado de Maud Manningham y había pensado que era un recurso vago y un tallo cortado, había creído que su dependencia de ella sería un estado mental vergonzoso y tonto —en tanto que una dependencia—, por haber aspirado a algo tan inane como «entrar en sociedad». Le parecía inconcebible haber hecho semejante peregrinación para disfrutar de la compañía que pudiera estar reservándoles la señora Lowder, cuando el motivo que la había llevado hasta allí era su curiosidad por otras cosas. Ella habría descrito esta curiosidad como un deseo de ver los sitios de los que había leído, y esa descripción de sus motivos era la que estaba dispuesta a darle a su vecino… aunque, como consecuencia, descubriera lo poco que había leído. En ese momento era casi como si sus pobres previsiones se hubiesen visto frustradas por el esplendor —no podía llamarlo de otro modo— de la ocasión, o en cualquier caso por la impresionante personalidad (tampoco podía calificarla de otro modo) de los dos personajes principales. La señora Lowder y su sobrina, por diferentes que fuesen, tenían al menos en común que ambas eran una realidad evidente. Sobre todo era cierto de la tía, tanto que a Milly le habría gustado saber cómo, años atrás, su amiga podía haber hecho una amistad tan extraña; sin embargo, tenía la sensación de que la señora Lowder era de esas personas que la inteligencia puede llegar a conocer en uno o dos días. Al menos se quedaría sentada e imponente mientras una lo intentaba; mientras que la señorita Croy, la hermosa sobrina, llevaría a cabo incontables movimientos que podrían interferir con los intentos. No por eso dejaba de ser divertida, testaruda y amenazante, igual que todas las demás personas y objetos; y, sin duda, las dos amigas se lo tenían merecido por haberse lanzado a la aventura.