Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No obstante, entretanto, la inteligencia de lord Mark habÃa estado lo bastante a la altura de la de Milly para advertirla de lo poco que podÃa hacer por aclarar su situación. Le explicó —o al menos le dio a entender— que en esos tiempos nadie en Londres sabÃa dónde se encontraba. Todo el mundo estaba en todas partes y nadie estaba en ninguna. Él mismo se verÃa en un aprieto —sÃ, lo decÃa con toda franqueza— si tuviese que poner nombre a la «camarilla» de su anfitriona. ¿Era, de hecho una camarilla o no? ¿O es que ya no habÃa camarillas en Londres? ¿HabÃa algo que no fuesen los tanteos y manoseos, como las olas de un mar grasiento en mitad del canal de la Mancha, de una masa de gente confundida que no sabÃa lo que querÃa ni adónde se dirigÃa? Planteó aquellas preguntas tan grandilocuentes y Milly tuvo la sensación de que, en los últimos cinco minutos, habÃa planteado otras muchas, aunque sin responder a ninguna; tal vez fuese sugerente, pero no la ayudaba a discriminar lo más mÃnimo; hablaba como si un exceso de experiencia le impidiera responderlas. Estaba, pues, en una situación contraria a la suya, pero, precisamente por ello, no menos perdido y desorientado; aunque, a pesar de esa incoherencia, que ella supuso que debÃa de tener sus razones, resultaba tan real como la señora Lowder o Kate. La única luz bajo la que lord Mark colocaba a la primera era la de una mujer extraordinaria, una mujer de lo más extraordinario, y «tanto más cuanto mejor se la conoce», mientras que de la segunda no dijo nada de momento, aunque era tremendamente, sÃ, tremendamente, guapa. Milly pensó que tal vez hiciese falta tiempo para que la conversación de aquel joven revelara su inteligencia, en cuyo misterio creÃa cada vez más, a pesar de lo que le habÃa insinuado su anfitriona al presentárselo. Tal vez fuese uno de esos casos de los que habÃa oÃdo hablar en su paÃs, uno de esos casos caracterÃsticos de inglés que oculta sus cartas más de lo que parece. Incluso el señor Densher lo hacÃa un poco. Pero, en cualquier caso, ¿qué era lo que hacÃa tan real a lord Mark si se trataba sólo un truco que, por lo visto, dominaba a la perfección? En cierto sentido, su ideal, como si tuviera una vida, una necesidad y una intención propias, le permitÃa no exhibir la menor vivacidad; con eso bastaba. Era difÃcil adivinar su edad y discernir si era un joven que parecÃa viejo o, por el contrario, un viejo que parecÃa joven; su calvicie y otras cosas que podemos haber insinuado, como que era un poco rancio, o dicho con más delicadeza, un poco seco, no parecÃan probar nada: habÃa en él una inquietud delicada, y sus ojos, a veces —aunque podÃan perder muy deprisa su brillo— eran tan claros e ingenuos como los de un niño bueno. Muy atildado, pálido y tan rubio que el único indicio de que llevaba bigote era que no paraba de atusárselo —lo que no dejaba de ser también un gesto casi infantil—, le habrÃa parecido la persona más intelectual entre los presentes si no le hubiese parecido también la más frÃvola. Esta última cualidad se notaba en su mirada más que en ninguna otra cosa, aunque siempre llevaba puestos los anteojos, que no podÃan ser más bostonianos y circunspectos.