Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Lord Mark la miró ese día en particular como si estuviera dispuesto a obligarla a confesar que había sido injusta con él y se creyese en su derecho de atribuirse cualquier mérito o ventaja que resultara, de uno u otro modo, de su propósito: así que, al fin y al cabo, había algo que le interesaba lo suficiente para hacer que, absurdamente, Milly se sintiese como si estuviera confesándolo, a pesar de que ninguno de los dos había hablado de justicia o injusticia. Se había presentado en el hotel, las había visto a Susan Shepherd y a ella, y había sido levemente «cortés» con Susan, que se había sentido muy halagada; había vuelto otro día y no las había encontrado y después les había hecho una tercera visita en la que les había dado a entender que, si no hubiese acabado ya todo, como se percibía en el aire exhausto de los últimos jadeos de la estación, no habrían tenido más que decir qué sitios les gustaría visitar para ir a visitarlos cuanto antes. La sensación —o más bien la modesta excusa— que tenían ellas era que no les apetecía ir a ninguna parte; creían estar a gusto allí donde se encontrasen o donde las hubieran llevado. Era lo que sentían y nada podía ser más natural; sus impresiones de esa tarde, por un feliz giro de la rueda, habían formado un ramillete espléndido, un regalo como una brazada de las flores más raras. Se hallaban en presencia de dicha ofrenda, las habían llevado ante ella; y, si hubiesen conservado la costumbre de mirarse desde lejos para recalcar su acuerdo, las dos habrían coincidido en silencio en que había sido la mano de lord Mark la que había hecho girar la rueda. Había dado el impulso que, tras un rápido análisis, había permitido que no se perdieran, como no dejó de repetir Susie, tanto para sus adentros como a los demás interesados, una vivencia tan hermosa e interesante; también había impedido que se lo perdiese la señora Lowder, aunque en apariencia hubiesen ido allí con ella, y aunque fuese con dicha dama con quien nuestra joven pasó hablando la casi media hora que disfrutó plácidamente de la escena.
