Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —¿Usted también lo ha notado? —le dedicó una sonrisa sin mirar a Milly—. Entonces no soy tan original como me gustarÃa. Pero el parecido es muy grande. —Sólo entonces se volvió hacia Milly, a quien, una vez más, todos miraron con ojos benévolos y amables—. SÃ, querida, si quieres mi opinión, eres tú. Y estás soberbia. —Echó una breve mirada al cuadro, aunque lo bastante larga para que la pregunta que planteó a continuación a sus amigos no pareciese demasiado directa—. ¿No están de acuerdo?
—He traÃdo a la señorita Theale —le explicó lord Mark a esta última— por iniciativa propia.
—QuerÃa que lady Aldershaw —siguió contándole Kate a Milly— lo viese por sà misma.
—Les grand esprits se rencontrent![26] —se rio su acompañante, un hombre alto, un poco encorvado y tembloroso, que, gracias a sus dientes prominentes, era la viva imagen de la urbanidad y a quien Milly tomó vagamente por una especie de gran hombre.
Lady Aldershaw, entretanto, miró a Milly como si fuese el Bronzino y el Bronzino simplemente Milly.
—Soberbia, soberbia. Por supuesto, me habÃa fijado en usted. Es maravilloso —prosiguió, dándole la espalda al cuadro con una vehemencia que Milly intuyó que dirigÃa y controlaba sus movimientos.
No hizo falta más: se hicieron las presentaciones y enseguida le dijo: