Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Hasta las manos se parecen —observó lord Mark.
—Tiene las manos grandes —prosiguió Milly—, pero las mÃas son aún más grandes. Enormes.
—¡Oh!, la supera usted en todo… tal como acabo de decir. Pero se parecen. Tiene que darse cuenta —añadió, como si fuese importante para su reputación de hombre serio no dar la impresión de habérselo inventado.
—No sé… Una misma no puede saberlo. Es raro y no imagino cómo se le ha ocurrido…
—Claro que sà —la interrumpió.
Milly estaba delante del cuadro, de espaldas a una de las puertas de la sala que estaba abierta, y, al darse la vuelta, vio que se hallaban en presencia de otras tres personas que parecÃan también muy interesadas. Kate Croy era una de ellas; lord Mark acababa de verla, y Kate se detuvo al ver que no era la primera en llegar. HabÃa llevado a una señora y a un caballero para mostrarles lo que lord Mark le estaba enseñando a Milly, y él se dispuso a pedirle ayuda. No obstante, Kate empezó a hablar antes de que tuviese tiempo de sugerÃrselo.