Las alas de la paloma

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III

Lo que ocurrió en realidad por la mañana, en esa primera ocasión en que Kate la acompañó, fue que el gran hombre tuvo que disculparse, pues, por un raro accidente —por lo general, respetaba rigurosamente las horas de consulta—, sólo pudo dedicarle diez minutos, que, no obstante, puso a su servicio de una manera que a ella le pareció aún más admirable por la claridad del cristal de la gran copa de atención que puso entre los dos sobre la mesa. Su coche estaba esperándole, pero enseguida le dejó claro que quería volver a verla al cabo de uno o dos días, le dio hora y la disculpó con elegancia si era ella la que no podía acudir a la cita. Los minutos parecieron fluir demasiado deprisa para pasar revista al pequeño ejército de preguntas que quería plantearle, y probablemente se habrían despedido sin hacer otra cosa que quedar para otro día, de no haber sido porque al final Milly creyó haberse llevado una impresión. Dicha impresión, a medida que transcurrían esos últimos instantes, fue que, inesperadamente, podría hacer otro amigo sincero en un mundo muy distinto, un amigo que además sería el mejor dotado, el más apropiado y el más indicado, puesto que lo sería de manera científica, ponderada y demostrable, y no sólo por motivos sociales. Literalmente, además, la amistad de sir Luke Strett no dependía de ella ni lo más mínimo: tal vez lo que más la hizo balbucir y jadear fue que comprendió que podía interesarle más de lo que había pensado y que podía verse arrastrada por una corriente que se perdería en el mar de la ciencia. No obstante, al mismo tiempo que se debatía, se rindió; hubo un momento en el que casi dejó de hablar y de explicarse, y quedó, sin violencia, únicamente con un temblor inútil que un instante después se convirtió en un silencio profundo e inquisitivo, a merced de su buena voluntad. El rostro ancho y sereno de sir Luke, aunque firme, no era tan implacable como le había parecido al principio; más bien, una curiosa mezcla, o eso le pareció, entre el de un general y el de un obispo, y pronto llegó a la conclusión de que, dentro de esos límites, le mostraría lo mejor y lo que más le convenía. En otras palabras, había establecido, para ahorrar tiempo, una relación con él; y dicha relación fue el trofeo que se llevó consigo. Era como una posesión plena, un nuevo recurso, algo envuelto con la seda más suave y plegado debajo del brazo de la memoria. No lo tenía al llegar, pero sí cuando se fue; lo llevaba debajo del abrigo, disimulado e invisible, cuando volvió a enfrentarse sonriente a Kate Croy. La joven señorita la había esperado, como es lógico, en otra sala, donde, cuando el gran hombre se marchó, no había nadie más esperando, y se puso en pie con un rostro compasivo más apropiado para la sala de espera de un dentista. «¿Ya te la ha extirpado?», parecía preguntar, como si de verdad se tratase de una muela; y Milly no la hizo esperar.


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