Las alas de la paloma

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IV

Salió con estas palabras resonando hasta tal punto en sus oídos que, cuando se vio otra vez sola en la enorme plaza, fue como si se desplegaran de forma instantánea ante sus ojos. Su efecto fue una emoción que la empujó hacia delante, igual que si hubiese recibido un impulso simple, directo y, ante todo, fácil de obedecer. Se sentía fortalecida y comprendió por qué había querido ir sola. Nadie en el mundo podría haber participado de ese estado; ningún vínculo habría sido lo bastante próximo para que su acompañante anduviera a su lado sin cierta discordancia. Literalmente, sintió en ese primer arrebato que su única compañía debía ser la raza humana en general, presente e inspiradora, pero impersonal, y que su único campo debía ser, en ese momento y lugar, la gris inmensidad de Londres. Esta gris inmensidad se había convertido de pronto en su elemento; con eso era con lo que su distinguido amigo había abastecido, de momento, su mundo y tal era el semblante que, inevitablemente, debía adoptar la cuestión de vivir, tal como él se la había planteado, como una opción fruto de la voluntad. Siguió andando, sin debilidad, incluso con ímpetu, y se alegró de estar sola, pues nadie, ni Kate Croy, ni Susan Shepherd, habrían querido andar tan deprisa como ella. Lo último que le había preguntado era si podía ir a pie a casa o a cualquier otro sitio, y él había respondido casi divertido por su extravagancia:


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