Las alas de la paloma

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VI

Sin duda esta extraña forma de franqueza le pareció en sí misma más que suficiente de momento, por lo que no se percató hasta más tarde de que, en realidad —en el curso de la extraña e indescriptible conversación que precedió al regreso de sus amigas—, no había hecho nada por favorecerla. Si no se dio cuenta hasta después, en la larga y cegadora tortura del amanecer, fue porque, mientras duró la velada, se conformó con su aparente comodidad. Lo que sucedía al fondo se distinguía sólo en vislumbres y destellos, así que se contentó con ver lo que ocurría en el escenario. No habían pasado ni tres minutos antes de que Milly supiera que no debía hacer nada de lo que acababa de pedirle la tía Maud. Lo supo con la misma lucidez que la había guiado con dicha señora y con sir Luke Strett. Comprendió en ese momento y lugar que seguía inmersa en una corriente controlada, a causa de su indiferencia, timidez, valentía o generosidad —no habría sabido precisar qué—, por otras personas; que era la corriente y no ella quien actuaba, y que siempre estaba otro a cargo de la llave de la presa. Kate, por ejemplo, no tenía más que abrir las esclusas para que la corriente se volviera turbulenta y la obligara a hacer lo que quería. Y ¿qué quería Kate más que ser, de repente, más interesante de lo que había sido nunca? Esa noche, Milly contuvo el aliento admirada. Si no hubiese estado segura de que su amiga no podía saber nada de la conversación que acababa de tener con la señora Lowder, casi habría pensado que la admirable criatura había intervenido para anticiparse al peligro. En el rato que pasaron allí sentadas, dicha fantasía, no obstante, fue perdiendo fuerza, aunque sólo fuese porque se multiplicaron y agolparon otras muchas que acabaron pareciéndole a nuestra joven el boyante medio en el que hablaba y se movía su amiga. Como digo, pasaron el tiempo sentadas, aunque Kate se movió mucho mientras hablaba: inquieta y encantadora, tal vez un poco superficial, se levantó varias veces y recorrió la sala con su vestido claro, como si estuviese interpretando un papel para complacer a su anfitriona.


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