Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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VII

Llevaba dándole vueltas a lo de la National Gallery desde que se enteró por sir Luke Strett de la hora a la que pensaba ir a visitarla. Imaginaba que era un sitio al que apenas iba nadie, uno de esos lugares que en Estados Unidos le parecían una de las principales atracciones de Europa y uno de los apoyos principales de la cultura, pero que —la historia de siempre— acabas sacrificando con típica frivolidad por otros placeres más vulgares. Había tenido, ya en aquellos caprichosos momentos en el Brünig, la sensación casi vergonzosa de estar dando la espalda a diversas oportunidades de ilustrarse que siempre había asociado a viajar por Europa, bajo el encabezamiento general de «pinturas y demás»; y por fin supo por qué lo había hecho. El alegato había sido muy claro: había preferido la vida al conocimiento, y el resultado era que la vida se desplegaba ante sus ojos. A pesar de las breves zambullidas e inmersiones en el colorido torrente de la historia para las que Kate Croy le había ayudado a encontrar tiempo, había desperdiciado grandes oportunidades, grandes momentos que, excepto ese día, no había sabido aprovechar. Pensó que todavía podría recuperar uno o dos entre los Ticianos y los Turners; llevaba tiempo esperando la ocasión, y, cuando se vio en las benévolas salas, comprendió que su fe estaba justificada. Era el ambiente que quería y el mundo que escogería; al ver cómo las salas silenciosas, nobles e imponentes, lujosas pero levemente veladas se abrían ante ella, exclamó: «¡Si pudiese perderme aquí…!». Había mucha gente, pero, admirablemente, ni una sola cuestión personal. Fuera las personas eran incontables, pero por suerte se habían quedado allí y hasta pasados quince minutos apenas volvió a vislumbrarlas hasta que se detuvo a observar un rato a una de las copistas. Había dos o tres en particular, absortas con sus anteojos y sus guardapolvos, que despertaron su simpatía hasta extremos casi absurdos, y parecieron mostrarle el mejor modo de vivir. Tendría que haber sido copista, en su caso era lo más apropiado. Lo que necesitaba era escapar, vivir debajo del agua, ser al mismo tiempo firme e impersonal. Lo tenía ante sus ojos, no había más que insistir una y otra vez.


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