Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Llevaba dándole vueltas a lo de la National Gallery desde que se enteró por sir Luke Strett de la hora a la que pensaba ir a visitarla. Imaginaba que era un sitio al que apenas iba nadie, uno de esos lugares que en Estados Unidos le parecÃan una de las principales atracciones de Europa y uno de los apoyos principales de la cultura, pero que —la historia de siempre— acabas sacrificando con tÃpica frivolidad por otros placeres más vulgares. HabÃa tenido, ya en aquellos caprichosos momentos en el Brünig, la sensación casi vergonzosa de estar dando la espalda a diversas oportunidades de ilustrarse que siempre habÃa asociado a viajar por Europa, bajo el encabezamiento general de «pinturas y demás»; y por fin supo por qué lo habÃa hecho. El alegato habÃa sido muy claro: habÃa preferido la vida al conocimiento, y el resultado era que la vida se desplegaba ante sus ojos. A pesar de las breves zambullidas e inmersiones en el colorido torrente de la historia para las que Kate Croy le habÃa ayudado a encontrar tiempo, habÃa desperdiciado grandes oportunidades, grandes momentos que, excepto ese dÃa, no habÃa sabido aprovechar. Pensó que todavÃa podrÃa recuperar uno o dos entre los Ticianos y los Turners; llevaba tiempo esperando la ocasión, y, cuando se vio en las benévolas salas, comprendió que su fe estaba justificada. Era el ambiente que querÃa y el mundo que escogerÃa; al ver cómo las salas silenciosas, nobles e imponentes, lujosas pero levemente veladas se abrÃan ante ella, exclamó: «¡Si pudiese perderme aquÃ…!». HabÃa mucha gente, pero, admirablemente, ni una sola cuestión personal. Fuera las personas eran incontables, pero por suerte se habÃan quedado allà y hasta pasados quince minutos apenas volvió a vislumbrarlas hasta que se detuvo a observar un rato a una de las copistas. HabÃa dos o tres en particular, absortas con sus anteojos y sus guardapolvos, que despertaron su simpatÃa hasta extremos casi absurdos, y parecieron mostrarle el mejor modo de vivir. TendrÃa que haber sido copista, en su caso era lo más apropiado. Lo que necesitaba era escapar, vivir debajo del agua, ser al mismo tiempo firme e impersonal. Lo tenÃa ante sus ojos, no habÃa más que insistir una y otra vez.
