Las alas de la paloma

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IV

Luego resultó que el más joven de los otros dos hombres estaba en su elemento delante del piano; de modo que tomaron café y escucharon canciones cómicas en el piso de arriba; los caballeros, momentáneamente abandonados, aceptaron con agrado la orden que les dio la señora Lowder al retirarse de que no tardasen demasiado. Nuestro joven sí tardó cuando volvió al salón; dejó claro a Kate que, de vez en cuando, podían estar juntos sin ofender a nadie. Tal vez sus necesidades fuesen más fuertes que las de ella; pero Kate tenía mejores apelativos para los leves riesgos que consentía correr. Era una ventaja de una casa tan grande que los espacios fuesen amplios y que, una noche de agosto, las ventanas estuviesen abiertas, gracias a lo cual la tía Maud pudo, en un momento dado, recibir a su reducido cortejo en el ancho balcón donde corría un poco más de fresco. Densher y Kate ocuparon entonces, el uno al lado del otro, un pequeño sofá: un lujo que ésta definió como la prueba, ante cualquier posible crítica, de que tenían la conciencia tranquila. «Fingir que no nos conocemos, ahora que estás aquí, sería exagerar», dijo la joven y lo arregló con mucho encanto para que tuvieran que pasar un rato juntos a fin de despistar a la tía Maud. De lo contrario se habría preguntado qué demonios ganaban ellos. Para Densher, no obstante, esos momentos y contactos robados eran parciales y pobres; había en ese momento particular más cosas en su imaginación de las que podía expresar mientras contemplaba las cristaleras. Aunque ella hizo frente a todas —y a más de las que podía tratar en ese momento— al aludir a Milly en un tono distinto del que había utilizado en la cena.


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