Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Se había ido a vivir con la señora Lowder después de la muerte de su madre, y eso había supuesto una tensión y un esfuerzo tan dolorosos que, recordarlos, la llevaba a reflexionar sobre el largo camino recorrido desde entonces. No había podido hacer nada para evitarlo, en la otra casa no había ni un penique, sólo facturas impagadas que fueron amontonándose mientras su madre yacía mortalmente enferma, y la admonición de que no podía vender nada porque todo formaba parte de la «herencia». En qué acabaría quedando aquella herencia constituía un angustioso misterio; al final había dejado un saldo no tan pequeño como, al igual que su hermana, se había temido las últimas semanas; pero la joven había tenido al principio la desagradable sensación de que la custodiaban en nombre de Marian y sus hijos. ¿Qué demonios pensaban que iba a hacer con ella? En realidad únicamente quería renunciar, olvidar sus propios intereses, y sin duda lo habría hecho de no haber sido por la brusca intervención de la tía Maud. Ahora todas las intervenciones de ésta eran bruscas, y la otra cuestión, la verdaderamente importante, era si, en vista de eso, debía aceptarlo o rechazarlo todo. Sin embargo, al final del invierno, no habría sabido decir qué postura creía haber tomado. No sería la primera vez que se había visto obligada a aceptar con callada ironía una interpretación ajena de su conducta. A menudo terminaba aceptando —parecía la única manera de vivir— la versión que los demás juzgaran más conveniente.
