Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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I

Cuando Kate y Densher la dejaron con la señora Stringham el día que los encontró juntos y los invitó a almorzar en su hotel, Milly, cara a cara con su compañera, había tenido uno de esos momentos en los que presto, ansioso, el luchador de la batalla de la vida, como para asegurarse de que tiene la espada a su lado, se lleva la mano al objeto donde reside su valor. Ella se llevó la suya firmemente al corazón y las dos mujeres se quedaron mirándose con un gesto extraño. Susan Shepherd había recibido la visita del famoso médico, lo cual estaba claro que no había sido poca cosa para ella; pero después Milly, había levantado, con insistencia, contra la comunicación y la deslealtad, tal como confesó ahora, la barrera de sus invitados.

—Has sido encantadora. A pesar de lo que me consta que te preocupa, los has tratado muy bien. ¿No te parece que, cuando quiere, Kate es encantadora? —El semblante de la pobre Susie, tenso al principio, como si se debatiera entre espasmos con diferentes peligros, se había relajado por fin. Tuvo que hacer un esfuerzo por llegar a un punto tan remoto ya en el espacio.

—¿La señorita Croy? ¡Ah, ha sido muy amable e inteligente! Lo ha notado —añadió la señora Stringham—. Lo ha notado.


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