Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Miró a los ojos a la señora Lowder de esa forma tan penetrante en que mira la gente cuando no es del todo sincera: circunstancia que causó su efecto.
—SÃ; es encantador.
El efecto de sus palabras, no obstante, fue igual de marcado; casi determinaron en la señora Stringham la vuelta al buen humor.
—¡Pensaba que no te gustaba!
—No me gusta para Kate.
—Pero tampoco te gusta para Milly.
La señora Stringham se puso en pie mientras hablaba y su amiga hizo lo mismo.
—Me gusta, querida, para mÃ.
—Pues es la mejor manera.
—Bueno, es una manera. No es lo bastante bueno para mi sobrina, y no es lo bastante bueno para ti. En cambio, una es tÃa, desdichada y tonta.
—¡Oh, yo tampoco…! —declaró Susie.
Su compañera continuó.
—Una vive para los demás. Tú lo haces. Si viviese sólo para mÃ, el señor Densher no me importarÃa lo más mÃnimo.
Pero la señora Stringham fue más enérgica.
—¡Ah!, a mà parece encantador con independencia de cómo viva yo.
En fin, esto acabó de vencer a la señora Lowder. Se contuvo unos instantes y se rindió con una risa.