Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Asà también interfiere… aunque ahora ya da igual. Pero Kate y ella me parecieron, en realidad poco después de que vinierais, muy parecidas. Pensé que tu niña, no me importa decÃrtelo, ayudarÃa a la mÃa; y cuando lo digo —prosiguió la señora Lowder— probablemente pensarás que fue parte de la razón de que os acogiera tan bien. Asà que ya ves a lo que renuncio. Renuncio. Pero lo hago —continuó— con elegancia. Asà que adiós a mis planes. ¡Bienvenida, señora Densher! ¡Cielos! —gruñó.
Susie se contuvo un minuto.
—Incluso como señora Densher mi niña será alguien.
—SÃ, no será una don nadie. Además —dijo la señora Lowder—, estamos hablando por hablar.
Su compañera asintió con tristeza.
—Hay muchas cosas que no tenemos en cuenta.
—Aun asà es interesante. —Y la señora Lowder tuvo otra idea—. Tampoco es que él sea un don nadie. —Eso la llevó otra vez a la pregunta que le habÃa planteado antes y que su amiga no habÃa respondido—. ¿Qué te parece?
Susan Shepherd, por razones poco claras incluso para sà misma, prefirió ser cauta. Y no pasó de las generalidades.
—Es encantador.