Las alas de la paloma

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II

Al menos les había servido, o eso les pareció, para estar más informadas sobre el eminente médico, a quien ahora podían imaginar observando, esperando, estudiando, o al menos planteándose un proceso similar antes de decidirse. La señora Stringham comprendió que sir Luke estaba considerando el asunto con un espíritu que, en esa misma ocasión, en Lancaster Gate, ella había esbozado antes de marcharse. Siguió el curso de su razonamiento. Si lo que habían hablado podía suceder —es decir, si Milly lograba apartar de su cabeza esos pensamientos— no le haría ningún daño y podría hacerle mucho bien. Si no era posible —si, colaborando con interés, aunque con tacto, no podían hacer nada por ayudarla— no se hallarían en peor situación que antes. Sólo que en ese último caso la joven habría tenido libertad para disfrutar del verano y el otoño; se habría esforzado por cumplir las indicaciones del médico, y, al volver por fin con esa eminencia, lo encontraría —además de con más cosas que mostrarle— más dispuesto a seguir tratándola. También era evidente para Susan Shepherd —lo cual sirvió además de base para un segundo informe a su vieja amiga— que Milly cumplía con su papel en el ensayo del plan general, desde el momento en que anunció con franqueza y prontitud su intención de ir a ver a sir Luke Strett para darle las gracias y despedirse. Incluso especificó lo que quería agradecerle: que hubiese sido tan comprensivo con su comportamiento.


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