Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Al menos les habÃa servido, o eso les pareció, para estar más informadas sobre el eminente médico, a quien ahora podÃan imaginar observando, esperando, estudiando, o al menos planteándose un proceso similar antes de decidirse. La señora Stringham comprendió que sir Luke estaba considerando el asunto con un espÃritu que, en esa misma ocasión, en Lancaster Gate, ella habÃa esbozado antes de marcharse. Siguió el curso de su razonamiento. Si lo que habÃan hablado podÃa suceder —es decir, si Milly lograba apartar de su cabeza esos pensamientos— no le harÃa ningún daño y podrÃa hacerle mucho bien. Si no era posible —si, colaborando con interés, aunque con tacto, no podÃan hacer nada por ayudarla— no se hallarÃan en peor situación que antes. Sólo que en ese último caso la joven habrÃa tenido libertad para disfrutar del verano y el otoño; se habrÃa esforzado por cumplir las indicaciones del médico, y, al volver por fin con esa eminencia, lo encontrarÃa —además de con más cosas que mostrarle— más dispuesto a seguir tratándola. También era evidente para Susan Shepherd —lo cual sirvió además de base para un segundo informe a su vieja amiga— que Milly cumplÃa con su papel en el ensayo del plan general, desde el momento en que anunció con franqueza y prontitud su intención de ir a ver a sir Luke Strett para darle las gracias y despedirse. Incluso especificó lo que querÃa agradecerle: que hubiese sido tan comprensivo con su comportamiento.
