Las alas de la paloma

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I

Densher comprendió, de nuevo, que no le gustaba su hotel… y tanto más deprisa en cuanto que ya había tenido ocasión de llegar a la misma conclusión otras veces. El establecimiento estaba abarrotado en esa época del año de una muchedumbre políglota, operarios de todas partes del mundo, sobre todo alemanes, sobre todo norteamericanos, sobre todo ingleses, que, cuando se estimulaba el correspondiente nervio sensitivo, sonaban alto y no muy dulce a todo menos a italiano y veneciano. Sabía que el veneciano era sólo un dialecto; pero, comparado con algunos de los de la ajetreada pensión, parecía ático[40] puro. En «el extranjero» era un motivo tanto de placer como de pesar tener casi siempre la sensación de haber pasado ya por todo. Había estado tres o cuatro veces, en Venecia, en otras visitas, y había experimentado ya la agradable irritación de alejarse por el agua del concierto de notas falsas en el ordinario vestíbulo, lejos de las amables familias norteamericanas y de los obesos mozos de cuerda alemanes. En cada ocasión se las había arreglado para conseguir una habitación más apartada y no por eso más costosa, y recordaba con ternura esos rancios pero amistosos albergues, cuyas ventanas reconocería con facilidad al pasar por el canal o por el campo[41]. Ahora los más destartalados apenas llamaron su atención, pero al cabo de cuarenta y ocho horas empezó a pensar en un quartiere[42] pequeño y aislado, al otro extremo del Gran Canal, donde se había alojado un mes en otra ocasión con pompa y circunstancia y la sensación al mismo tiempo de estar iniciándose en los más prosaicos misterios venecianos. Su estado de ánimo de aquellos días volvió a embargarle una hora, y lo que aconteció en ese tiempo, para ser breves, fue que al desembarcar de un traghetto[43] delante de la casa reconocida, distinguió en las verdes persianas de sus ventanas viejas y nuevas, las tiras de papel blanco que se utilizan en Venecia para invitar a los nuevos inquilinos. Eso fue en su primer paseo a solas, un paseo saturado de impresiones a las que respondió con intensidad. Desde su llegada apenas había salido del palazzo Leporelli, donde un cambio del tiempo había retenido desde el segundo día a todo el grupo. El episodio había sido para él como una serie de horas en un museo, aunque no tan fatigoso; y también le había recordado a algo para lo que su agitada imaginación todavía tenía que encontrar un nombre. Tal vez estuviera buscándolo mientras daba aquel paseo —comprobó que incluso después de varios años seguía sabiendo orientarse— que concluyó cuando vio al otro lado del agua los papelitos blancos.


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