Las alas de la paloma

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II

Hubo por fin, con todo lo que eso supuso, una ocasión en que consiguió arrancarle a Kate, respecto a lo que ella llamaba su eterna cantinela, una respuesta que luego le asombraría por su capacidad de precipitar los acontecimientos. Su eterna cantinela era el modo en que volvía a insistir en el enigma de lo que creía conseguir la señora Lowder, y que tan difícil de reconciliar era con las oportunidades que les daba para verse. Impaciente, la joven las negaba y le preguntó, con una fina ironía que le golpeó de lleno, si de verdad le parecían tan maravillosas. Él la miró directamente a los ojos justo después de que pronunciara estas palabras; era lo menos que podía hacer por haberle hecho ruborizar. Entonces, por alguna razón, desapareció toda brusquedad de la voz de Kate, que se volvió dulce y sincera.

—«Encuentros», mi vida —repitió en tono expresivo—, ¿tan fructíferos te parecen, al fin y al cabo, nuestros encuentros?

—Al contrario: son una dieta estricta. Lo único que digo, y no he querido decir otra cosa desde el día en que llegué, es que al menos sacamos más de ellos que la tía Maud.

—¡Ah! —replicó Kate—, tú no entiendes lo que saca la tía Maud.


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