Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Hasta que no se marcharon no reparó de verdad en la diferencia, que notaba sobre todo cuando estaba en su vieja y descolorida habitación. Se había reencontrado desde el principio con parte de su apego por esa escena, que incluía el puente del Rialto en el lado más próximo de aquel abanico de recuerdos y el canal que se alejaba a la izquierda; la había visto bajo una luz particular a la que sus manos y su imaginación la habían ido adaptando poco a poco; pero el interés que tenía ahora la habitación para él había aumentado de pronto y se había convertido en una fuerza que le retenía y absorbía y de la que sólo encontraba alivio —si es que puede decirse esa palabra— alejándose de allí. Lo sucedido entre aquellas paredes perduraba como una obsesión que afectaba a todos sus sentidos; revivía, igual que un puñado de recuerdos agradables, a cada instante, a todas horas y con cualquier motivo; todo lo demás se volvía insípido e irrelevante. Era, en una palabra, una presencia consciente y vigilante, activa en sí misma, con la que tenía que contar constantemente, y ante la cual cualquier esfuerzo por distanciarse parecía no tanto fútil como frívolo. Kate había ido a verle; sólo una vez: y no porque no quisiera ir más veces, sino por diversas imposibilidades que ni el valor ni la sutileza pudieron esquivar; pero en aquella ocasión se había entregado de verdad, como suele decirse; y ni aunque hubiese querido habría podido Densher expulsar de aquel cuarto lo que había sobrevivido de ella, lo que seguía recordándosela con insistencia. Por suerte no quería, aunque cualquier hombre habría intuido algo horrible en una consecuencia tan incalificable de sus actos. Sencillamente había hecho realidad su idea, la idea que había empujado a Kate a aceptar; y el éxito que eso representaba se extendía hasta donde llegaba la vista. No era, por otro lado, más que la idea aplicada directamente y transformada de luminosa ocurrencia en verdad histórica. La había conocido antes, pero en forma de ansia y de deseo en los que había insistido convincentemente en nombre de la ventaja que supondrían; de manera que ahora, una vez aprovechada la ventaja, parecía reconocer sus oficios y dejar, para la fe y la memoria, una insistencia propia. Había, en suma, concedido por adelantado un valor incalculable al compromiso de su amiga, y ahora tenía plena conciencia de dicho valor. ¿No sería incluso el valor el que le poseía a él y le obligaba a esperar, a pensar, a darle vueltas y más vueltas y a asegurarse en todos los sentidos?
