Las alas de la paloma
Las alas de la paloma No volvió a casa después de marcharse: no le apeteció; estuvo, en cambio, deambulando por los estrechos callejones y los campi con arcos góticos hasta llegar a un café pequeño y relativamente apartado donde más de una vez había buscado refugio y tranquilidad, aparte de soluciones que desembocaban principal y agradablemente en nuevas indecisiones. Es cierto que las que le aguardaban esa noche, cuando se arrellanó en el asiento de terciopelo con la cabeza apoyada en un espejo florido y la mirada perdida entre las volutas del tabaco, tal vez le pareciesen un poco menos imprecisas que de costumbre. Y no porque antes de volver a ponerse en pie hubiese comprendido lo que debía hacer, sino porque la prueba que acababa de pasar le obligó a aceptar su situación. Cuando, media hora antes, en el palacio, había cambiado de idea a propósito de algo que le parecía tan sumamente imposible, allí mismo y ante los ojos de la joven, había actuado movido por la súbita impresión de ver mucho más allá, de reparar en lo poco, o nada, que importaban las imposibilidades. No era pedantería: a la gente en la situación de Milly todo le estaba permitido. Y esa situación pasó a ser también la suya, como activada de pronto por un resorte, cuando entendió lo mucho que la joven dependía de él. Cualquier cosa que él hiciese o dejase de hacer tendría una íntima relación con su vida, que quedaba completamente en sus manos y no volvería a tener relación con ninguna otra cosa. Estaba escrito que él podría matarla: así interpretó su destino sentado en su rincón de costumbre. El temor que le causó una idea semejante le impulsó a pasar por alto todo lo demás y lo dejó paralizado más de tres horas. En ese rato pidió más consumiciones y fumó más cigarrillos que nunca. Lo que acababa de entender le inspiró al principio un intenso terror: cualquier gesto, bueno o malo —suponiendo que siguiera habiendo alguna diferencia— recibía un vívido «¡Chitón!» que lo silenciaba en ese mismo instante. De hecho, mientras duró su vigilia, consideró varias formas de ponerse en movimiento y fue como aprender a andar de puntillas.
