Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Fueron al grano casi enseguida; después él se sorprenderÃa de esa falta de preámbulos.
—Se pasa el dÃa mirando la pared.
—¿Es que se ha puesto peor?
La pobre señora siguió donde se habÃa quedado al entrar; Densher, con la súbita preocupación y curiosidad que se habÃan despertado en él al ver a la señora Stringham, habÃa despedido con un gesto a la padrona, que se habÃa ofrecido a llevarse su impermeable. Ella contempló vagamente la habitación a través del velo mojado, consciente del paso que habÃa dado y deseando no haberse equivocado, pero incapaz de ver nada todavÃa.
—No lo sé… Por eso he venido a verle.
—No sabe cuánto me alegra —dijo él—, tengo la sensación de haberla estado esperando angustiado.
Ella alzó los ojos borrosos por las lágrimas y repitió sus palabras.
—¿Angustiado?
No obstante, ahora la palabra no salió de los labios de Densher. HabrÃa sonado como una queja y, en comparación con lo que habÃa notado que acongojaba a su visita, sus propios problemas carecÃan de importancia. Los de ella, bajo la ropa empapada —que hizo que le avergonzara no tener la chimenea encendida—, eran graves y tuvo la sensación de que los habÃa llevado todos consigo. Respondió que habÃa sido paciente y, sobre todo, que habÃa preferido no moverse.
