Las alas de la paloma

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III

Fueron al grano casi enseguida; después él se sorprendería de esa falta de preámbulos.

—Se pasa el día mirando la pared.

—¿Es que se ha puesto peor?

La pobre señora siguió donde se había quedado al entrar; Densher, con la súbita preocupación y curiosidad que se habían despertado en él al ver a la señora Stringham, había despedido con un gesto a la padrona, que se había ofrecido a llevarse su impermeable. Ella contempló vagamente la habitación a través del velo mojado, consciente del paso que había dado y deseando no haberse equivocado, pero incapaz de ver nada todavía.

—No lo sé… Por eso he venido a verle.

—No sabe cuánto me alegra —dijo él—, tengo la sensación de haberla estado esperando angustiado.

Ella alzó los ojos borrosos por las lágrimas y repitió sus palabras.

—¿Angustiado?

No obstante, ahora la palabra no salió de los labios de Densher. Habría sonado como una queja y, en comparación con lo que había notado que acongojaba a su visita, sus propios problemas carecían de importancia. Los de ella, bajo la ropa empapada —que hizo que le avergonzara no tener la chimenea encendida—, eran graves y tuvo la sensación de que los había llevado todos consigo. Respondió que había sido paciente y, sobre todo, que había preferido no moverse.


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