Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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IV

La proximidad del jueves, que estaba cada vez más cerca y traería a sir Luke Strett, trajo también felizmente la disminución de otros pesares. El tiempo cambió, la obstinada tormenta pasó, y el sol del otoño, tantos días frustrado, pero ahora caliente y casi vengativo, volvió a campar a sus anchas y tomó posesión con un himno de alegría casi audible, una sufusión de brillantes sones que se unió al brillante colorido. Venecia volvía a relucir, a chapotear, a gritar y a tañer; el aire sonaba como una palmada y los rosas, los amarillos, los azules, los verdemares desperdigados por doquier parecían colgaduras de vivos colores, igual que una muestra de delicadas alfombras. Densher se regocijó de todo eso al ir a buscar al eminente médico a la estación. Acudió allí después de mucho pensarlo, consciente de que era la única manera de actuar dadas las circunstancias. A eso le habían empujado los acontecimientos: hasta donde nada lo había empujado antes. Sin duda, desde su nacimiento había pensado mucho más que actuado; aunque recordaba haber pensado cosas —unas pocas— que, en el momento en que se le ocurrieron, le habían emocionado casi tanto como si fuesen verdaderas aventuras. Sin embargo, nunca había conocido nada parecido a su estado actual, en el que tenía prohibido cualquier impulso, accidente o azar… en el que tenía prohibida, en suma, la libertad. Lo más raro era que si, a su llegada, unas pocas semanas antes, había tenido la sensación de estar viviendo una aventura, nada lo parecía menos que el hecho de haberse quedado. Una aventura sería marcharse, partir, regresar, ante todo, a Londres, y decirle a Kate Croy que había vuelto; pero había un no sé qué de vulgar, casi de rastrero y de obligado en seguir como estaba. Éste fue el peculiar efecto de la visita de la señora Stringham, que le había dejado con el regusto de lo que no podía hacer. Se lo había dejado muy claro, y al mismo tiempo lo había privado de la sensación, de la otra sensación, de lo que, como refugio, sí podía hacer.


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