Las alas de la paloma
Las alas de la paloma —Bueno, en paz contigo.
—¡Oh, «en paz»! —murmuró sin apartar la vista del fuego.
—La paz de haber amado.
Densher alzó los ojos hacia ella.
—¿Es eso paz?
—De haber sido amada —continuó—. Es decir —concluyó—, de haber llevado a término su pasión. No querÃa otra cosa. Ha tenido todo lo que querÃa. —Lucida y solemne como siempre, lo dijo con una bella autoridad, a la que él no pudo responder con palabras. Sólo pudo mirarla, aunque con la sensación de estar dando, a su pesar, la impresión de asentir con su silencio. Casi como si lo interpretara de ese modo, ella se levantó de la mesa y fue hacia la chimenea—. Tal vez te parezca horrible que ahora, que ya —recalcó la palabra—, pretenda sacar conclusiones. Pero no hemos fracasado.
—¡Oh! —se limitó a murmurar Densher.
Una vez más, estaba cerca de él, tanto como el dÃa que fue a verle en Venecia, cuyo recuerdo sirvió para subrayar y recalcar ese hecho. En tales condiciones, apenas podÃa negar nada de lo que ella decÃa, y lo que decÃa era, visiblemente, fruto de ese mismo convencimiento.