Las alas de la paloma

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III

En el parque, en respuesta a su pregunta, le había dicho a Kate que no había «ocurrido» nada que justificara su petición: nada, quería decir con eso, desde lo que había contado, a su regreso, a propósito de su reciente experiencia. Pero, al cabo de unos días —que lo llevaron a la mañana de Navidad—, sabía, mientras se preparaba para ir a verla, que había cierta diferencia. Ahora sí le había ocurrido algo, y, después de pasar la noche meditándolo, concluyó que era importante, por no decir primordial, volver a verla. El hecho en sí había ido a su encuentro allí, en su humilde apartamento, el día de Nochebuena, y al principio no cayó en que acarreara esa consecuencia. Mientras pasaba las horas considerándolo —un proceso que convirtió esa noche en implacablemente insomne—, las posibles consecuencias le parecieron tan numerosas como para volver loco a cualquiera. Su espíritu se enfrentó a ellas, en la oscuridad, mientras pasaban lentas las horas; su inteligencia y su imaginación, su alma y su juicio, nunca se habían visto sometidos a tanta tensión. La dificultad en ese momento era que se encontraba ante dos posibilidades, y no se trataba de preferir una u otra. No estaban en una perspectiva en la que pudiera compararlas y considerarlas; se hallaban, por un extraño efecto, tan próximas como un par de monstruos cuyos ojos enormes y cálido aliento notara en cada mejilla. Veía las dos al mismo tiempo al mirar hacia delante, aunque, en su fría aprensión, no se habría atrevido a mover la cabeza ni un milímetro. Así que la suya fue una agitación inmóvil: esas lentas horas las dominaron gestos intranquilos. Pasó mucho tiempo tendido, después del incidente, en el sofá, donde, tras apagar con los dedos la luz de cortesía que tanto odiaba, se había tumbado sin desvestirse. Contempló el día que se extinguía y se dedicó a dejar pasar el tiempo; con la llegada de la aurora navideña, gris y tardía, se sintió más decidido. El sentido común le decía que, ante la duda, era mejor no actuar; y tal vez fuese esa ramplonería lo que le resultó de más ayuda. En su caso no había nada de eso, menos que ninguna otra vez en su vida: y esa asociación, de una cosa con otra, funcionó como una elección. Actuó, después de bañarse y desayunar, en el sentido de ese elemento tan marcado de lo raro que le parecía lo más característico de su crisis. Y por eso, vestido con más elegancia de costumbre, casi como si fuese a ir a la iglesia, salió al cálido día de Navidad.


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