Las alas de la paloma
Las alas de la paloma Volvió a contárselo todo y en esta ocasión, o eso le pareció a él, aún con mayor detalle: el deshonor que había caído sobre ellas por culpa de su padre, de su locura, su crueldad y su maldad; el estado en que se había hallado su madre, herida, abandonada, expoliada e impotente, y su comportamiento espantosamente irracional a la hora de dirigir lo que había quedado de su hogar; la muerte de sus hermanos pequeños, uno, el mayor, a los diecinueve, de fiebre tifoidea contraída en un sitio infecto —como supieron después— que habían alquilado para ir de veraneo; el otro, el orgullo de la familia, guardiamarina en el Britannia, muerto ahogado de una manera espantosa, y ni siquiera por accidente en alta mar, sino por un calambre, cuando se bañaba, demasiado avanzado el otoño y sin nadie que pudiera rescatarlo, en un malhadado riachuelo mientras estaba de visita en casa de uno de sus camaradas. Luego el matrimonio antinatural de Marian, en sí mismo una forma desganada de ofrecer la otra mejilla a la fortuna: su estado actual de calamidad y queja, sus niños grasientos, sus aspiraciones imposibles, sus odiosas visitas, todo confirmaba el peso con que se había abatido sobre ellos la mano del destino. Kate lo describía, como ella misma confesaba, con un exceso de impaciencia, y para Densher gran parte de su encanto residía en que generalmente imprimía ese tono a sus descripciones, en parte para divertirle con un humor libre y vivaz, y en parte —y ahí radicaba su mayor encanto— para liberarse de su constante visión de la incongruencia de las cosas. Lo había presenciado todo demasiado pronto y con demasiada claridad y era lo bastante inteligente para comprenderlo y hacerse cargo de tantas desgracias; por eso, cuando hablaba con él, era vehemente e incluso poco femenina: era como si hubiesen elegido para comunicarse la vía más corta de lo fantástico y el feliz lenguaje de la exageración. Desde muy pronto les había quedado muy claro que, aunque tuviesen vedada cualquier otra vía directa, al menos se abría ante ellos el dominio del pensamiento. Podían pensar lo que quisieran sobre lo que les viniera en gana, o, dicho de otro modo, podían decirlo. Y decírselo sólo el uno al otro hacía que fuese aún más sustancioso. El efecto era que lo que decían cuando no estaban juntos les parecía insípido y nada contribuía más a aislarlos, en determinados momentos, en su pequeña isla flotante, que la seguridad de que en todos esos demás casos estaban fingiendo. Debemos añadir que nuestro joven era consciente de que Kate era quien más se beneficiaba de aquella peculiar recreación de la intimidad. Siempre había tenido la sensación de que ella había vivido más y, cuando le contaba los sombríos desastres que habían afligido a su familia y contemplaba el arduo y extraño resultado de su presente exaltación —pues al parecer de eso se trataba—, pensaba que sus grises asuntos domésticos apenas resistían la comparación. Como es natural, lo que más le interesaba era la personalidad de su padre, pero el retrato que ella hacía de sus aventuras en Chirk Street ponía en evidencia lo desdibujada que estaba todavía para él dicha personalidad. ¿Qué era, por decirlo con franqueza, lo que había hecho el señor Croy?