Las alas de la paloma

Las alas de la paloma

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—No lo sé… ni quiero saberlo. Lo único que recuerdo es que hace muchos años, cuando yo tenía unos quince, sucedió algo que lo volvió inaceptable. Al principio para el mundo en general y luego, poco a poco, para mi madre. Por supuesto, nosotras no nos enteramos —le explicó Kate—, aunque lo supimos después; y, curiosamente, fue mi hermana la primera que dedujo que había hecho algo. Me parece estar oyéndola, cuando me lo contó al lado de la chimenea, una mañana de domingo fría y oscura, en la que no habíamos ido a la iglesia por culpa de una niebla muy espesa. Yo estaba leyendo un libro de historia debajo de una lámpara (cuando no íbamos a la escuela, teníamos que leer libros de historia) y de pronto la oí decir sin venir a cuento, entre la niebla que se había colado en la habitación: «Papá ha hecho algo malo». Y lo raro es que la creí en el acto y la he creído desde entonces, aunque no quiso decirme más… ni en qué consistía aquella maldad, ni cómo se había enterado, ni qué le iba a pasar, ni nada. Siempre habíamos tenido la sensación de que le habían ocurrido, y seguían ocurriéndole, muchas cosas, por lo que, cuando Marian me dijo que estaba segura, totalmente convencida, que lo había deducido ella sola y que con eso bastaba, la creí, me pareció lo más natural. No obstante, me pidió que no le preguntara a mamá y eso aún hizo que fuese más natural, así que nunca le dije una palabra. Lo curioso fue que, pasado un tiempo, mi madre me habló del asunto por iniciativa propia, aunque fue mucho después. Hacía mucho que mi padre no vivía con nosotras y ya nos habíamos acostumbrado. Mamá debía de albergar algún temor, alguna convicción de que yo sabía algo, o tal vez pensó que era lo mejor que podía hacer. Fue tan brusca como Marian: «Si oyes decir algo malo de tu padre, y no simplemente que es odioso y ruin, ten presente siempre que es falso». Así supe que era cierto, aunque recuerdo que le dije entonces que por supuesto sabía que no lo era. Podría haberme contado la verdad con la seguridad de que yo desmentiría, con más vehemencia y eficacia, creo, que ella, cualquier acusación que hubiese podido oír. El caso, no obstante —continuó la joven—, es que nunca se me presentó la oportunidad, como he tenido ocasión de comprobar con cierta sorpresa. Gracias a eso el mundo ha sido a veces un lugar más decente. Nadie me ha dicho jamás una palabra. Se ha convertido en una parte del silencio que le envuelve, del silencio que lo ha borrado para el mundo. Ya no existe para la gente. Y sin embargo sigo estando segura. De hecho, aunque no sé ahora más de lo que sabía entonces, estoy aún más segura que antes. Y eso —prosiguió— es lo que tengo que contarte de mi padre. Si no te parece suficiente prueba de confianza no sé qué te lo parecerá.


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