Las alas de la paloma
Las alas de la paloma El crepúsculo —que empezó a espesar muy pronto— había caído ya cuando llamó a la puerta de la señora Condrip. Había ido de la iglesia a su club, pues no quería presentarse en Chelsea a la hora de comer y además recordó que debía intentar procurarse una comida por sus propios medios. Lo consiguió sólo en parte: se desplomó en un sillón en el enorme y oscuro vacío de la biblioteca del club, donde no había ni un alma y, al cabo de un rato, cerró los ojos y recuperó una hora del sueño que había perdido esa noche. Antes escribió —fue lo primero que hizo— una breve nota, que, en la desolación navideña del lugar, le costó mucho entregar a un mensajero. Quiso que la llevara en mano, y tuvo que confiar ciegamente en que lo hubiera hecho, pues el mensajero, por alguna razón, no regresó con el recibo de entrega. Cuando, a las cuatro en punto, se encontró cara a cara con Kate en el saloncito de la señora Condrip, descubrió con alivio que había recibido la nota. Lo esperaba y, en cierta medida, estaba preparada para su visita; y eso simplificó un poco las cosas, suponiendo que, en esas circunstancias, un poco tuviera importancia. Su situación fue vagamente intensa para él desde el momento en que llegó, en parte por ser diferente, una diferencia pronunciada y sugestiva respecto la situación en que la había visto siempre. No la había visto más que en sitios comparativamente grandes: en la pomposa casa de su tía, al pie de los altos árboles de Kensington y bajo los altos techos de Venecia. La había visto en Venecia, en una gran ocasión, convertida en el centro mismo de la espléndida piazza: la había visto allí, en otra ocasión aún más memorable, en su propia y modesta habitación, que no desentonaba con ella, pues, a pesar de su modestia, era antigua y elegante; pero el interior de la casa de la señora Condrip, aun considerándolo con indulgencia y pese a que no era del todo mísero, le parecía un entorno casi grotescamente inadecuado para ella. Pálida, seria y encantadora, enseguida le pareció una extranjera distinguida —una extranjera en ese callejón de Chelsea— que se esforzaba por adaptarse a un extraño episodio de su vida y a un lugar de exilio. Lo más extraordinario fue que al cabo de tres minutos él se sintió mucho menos fuera de lugar que ella.
