Las alas de la paloma
Las alas de la paloma De hecho, después de que, dos meses más tarde, recibiera noticias de Nueva York ella fue a verle una mañana a su apartamento, no como en Venecia, en respuesta a su extremada insistencia, sino por una necesidad reconocida en primer lugar por ella misma, aunque también a resultas de una misiva que le entregaron, consistente en una nota de Densher acompañada de una carta, «para entregar sólo en mano» dirigida a él por un eminente bufete norteamericano, un bufete cuya reputación, según había tenido ocasión de comprobar cuando estuvo en Nueva York, estaba en boca de todos, y cuyo director, el principal ejecutor del extenso testamento de Milly, identificaron en Lancaster Gate como el caballero que acudió con tanta premura en auxilio de la señora Stringham poco antes de la muerte de la joven. El acto de Densher al recibir el documento en cuestión —un acto cuyas consecuencias había tenido tiempo de meditar— constituyó estrictamente, por raro que parezca, la primera alusión a Milly, o a lo que podría o no haber hecho Milly, que hizo nuestra pareja desde que contemplaron juntos la destrucción en la vulgar chimenea de Chelsea de la misteriosa carta de su puño y letra. En aquella ocasión se habían despedido enseguida, por deferencia, en esta ocasión por parte de él, a la alusión que hizo Kate a su responsabilidad por ir a verle, y cuando volvieron a verse el asunto sólo estuvo presente —al menos hasta que se produjese algún destello de luz nueva— por la intensidad con la que expresaba calladamente su ausencia. Además, en esas semanas no se vieron muy a menudo, a pesar de que en enero y parte de febrero les resultó relativamente fácil. La estancia de Kate en casa de la señora Condrip se prolongó gracias a un subsidio de su tía, que habría sido un misterio para Densher si dicha señora no le hubiese hecho partícipe, en Lancaster Gate, y muy a su pesar, de la esotérica opinión que tenía de tal medida.
