Las Bostonianas
Las Bostonianas Ransom consideró que podÃa responder que hasta hacÃa cinco minutos ni siquiera tenÃa idea de su existencia; pero recordó que no era ese el modo en que un caballero del Sur debÃa hablar a las damas, y se contentó con decir que debÃa perdonarle su ignorancia beocia (le gustaban las frases elegantes); que él vivÃa en una parte del paÃs donde no pensaban demasiado en Europa y que siempre habÃa creÃdo que ella tenÃa su domicilio en Nueva York. Esta última observación fue lanzada al azar, ya que, por supuesto, jamás habÃa pensado en la señora Luna. Su deshonestidad, sin embargo, solo lo expuso a peligros mayores.
—Si pensaba usted que vivÃa en Nueva York, ¿por qué entonces nunca me hizo una visita? —preguntó la dama.
—Bueno, ve usted, no salgo mucho, excepto cuando voy a la corte.
—¿Se refiere usted a la corte de justicia? Todo el mundo tiene aquà una profesión. ¿Es usted muy ambicioso? Tiene el aspecto de serlo.
—SÃ, mucho —respondió Basil Ransom, esbozando una sonrisa, con esa extraña inflexión femenina con la que un caballero del sur pronuncia aquel adverbio.