Las Bostonianas
Las Bostonianas Esta noticia no lo dejó muy satisfecho, se sintió derrotado y desalentado, para decir la verdad. ¿No era como para enfermarse oírla hablar de aquel largo proceso de preparación? ¡Como si aquello pudiese interesarle al público que nunca tendría ocasión de saber si Verena estaba bien preparada o no! ¿No tenía la señorita Chancellor fe en la juventud? ¿No sabía lo que esa carta podía representar? Esta fue la última pregunta que Olive le permitió formular. Ella le hizo observar que podrían pasarse la vida entera hablando sin llegar a ningún acuerdo; sus puntos de vista diferían diametralmente. Además, era un asunto de mujeres; lo que ellas se proponían hacer les pertenecía a las mujeres y sería obtenido por las mujeres. A menudo le había ocurrido al joven Matthias que le mostraran la puerta, pero nunca la retirada le había resultado tan desagradable. Era cortés por naturaleza, pero hasta ahora nunca le había sucedido que le hicieran sentir que no era —y que no podría ser— uno de los factores de la historia contemporánea: aquella mujer rapaz se proponía suplantarlo en aquel papel. Le hizo pronto comprender que la consideraba una egoísta total, y que si prefería sacrificar una bella naturaleza a sus teorías antediluvianas y a su afán de dominio, una vigilante prensa diaria —cuya obligación era denunciar las injusticias— le pediría cuentas pronto. Ella respondió que si los periódicos se decidían a insultarla, aquel no era asunto suyo; un ultraje más a su sexo recibido en su persona no importaba demasiado. Después de que él la dejara sola pareció ver la aureola de un éxito cercano; la batalla había comenzado, y también un poco del éxtasis del martirio.