Las Bostonianas

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XVIII

Una semana después de aquel encuentro, Verena le comunicó que el señor Pardon deseaba ardientemente que aceptara casarse con él; y añadió, con el evidente placer de poder darle tan agradable noticia, que se había negado a aceptar sus proposiciones. Pensó que ahora, al fin, Olive creería en ella; pues la proposición era mucho más atractiva de lo que la señorita Chancellor parecía entender.

—El señor Pardon sabe presentar las cosas bajo una luz muy atractiva —dijo Verena—; dice que cuando sea su mujer, seré conducida hacia las alturas por una fuerza emotiva de la que ahora no puedo tener ni idea. Si me caso con él cuando despierte descubriré que soy ya famosa, se trata solo de que exprese lo que siento y él se ocupará del resto. Dice que cada hora de mi juventud es un bien precioso; y que nos divertiremos mucho viajando por todo el país. Me imagino que te darás cuenta de que todo esto ejerce cierta fascinación sobre mí, ya que por naturaleza no soy tan introvertida como tú.

—Te promete el triunfo. Pero ¿a qué le llamas triunfo? —le preguntó Olive, mirando a su amiga con una especie de benévola frialdad (una suspensión de la simpatía) a la que ya Verena se había acostumbrado (aunque le seguía resultando tan desagradable como la primera vez) y que hacía paladear más la aprobación cuando la aprobación llegaba.


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