Las Bostonianas

Las Bostonianas

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Esta confesión era en sí misma la prueba de tal hecho, pues nada puede ser menos fructífero que semejante especulación, sobre todo cuando terminaba con tal conclusión. Era del todo consciente de que se preocupaba demasiado por la teoría, y así lo pensaban sus visitantes cuando se encontraban con él, con una de sus largas piernas enroscadas en la otra, leyendo un volumen de De Tocqueville. Ese era el género de lecturas que él disfrutaba; había reflexionado largamente sobre problemas sociales y económicos, sobre las formas de gobierno y sobre la felicidad de los pueblos. Las convicciones que se había formado al respecto no eran como para que se las confundiera fácilmente con las verdades de moda en su tiempo, y que un joven abogado en busca de negocios debía considerar sagradas; pero debía reflexionar que esas teorías probablemente no contribuirían más a su prosperidad en Mississippi que en Nueva York. A decir verdad no podía pensar en ningún país donde le pudieran resultar útiles. Se le ocurría pensar que sus opiniones eran rígidas y que en comparación con ellas sus esfuerzos eran flojos; y en consecuencia comenzó a preguntarse si, con sus ideas, podría hacer carrera. Siempre había sentido deseos de dedicarse a la vida pública; lograr que las propias ideas encarnaran en la conducta nacional le parecía la forma más alta de placer humano. Pero sin embargo había muy poco en sus estudios que tuviera relación con la vida pública, y se llegó a preguntar qué sentido tenía después de todo mantener una oficina y si no sería posible ejercer su profesión en la Biblioteca Astor, donde en las horas libres y durante los días festivos se dedicaba a la lectura de infinidad de libros sugestivos. Tomaba notas en abundancia y memorandos; a veces aquellos apuntes adquirían una forma que podía suscitar el interés de los editores de revistas. Tal vez los lectores aparecieran, ya que no los clientes; así preparó con esmero media docena de artículos en los que, una vez terminada la labor, le pareció haber omitido todos los puntos que se había propuesto inicialmente señalar, y los dirigió a las potencias que deciden el destino de los semanarios y revistas mensuales. Todos fueron devueltos con manifestaciones de agradecimiento, y se vio forzado a creer que el acento de su lánguido clima le procuraba igual fortuna con la pluma que con los labios, de no haber sido por otra explicación que le fue sugerida por uno de los más explícitos de sus oráculos, en relación con un ensayo sobre los derechos de las minorías. Aquel caballero le hizo notar que sus doctrinas tenían unos trescientos años de retraso; indudablemente alguna revista del siglo XVI se hubiera sentido muy feliz de poder publicarlas. Eso iluminó sus propias sospechas de estar ligado a causas que, por su esencia misma, no podían ser sino impopulares. Aquel desagradable editor tenía razón en lo que se refería a su falta de actualidad; se había equivocado de época. Había llegado con muchos siglos de anticipación; no era demasiado anticuado sino demasiado novedoso. Esas impresiones, sin embargo, no le hubieran impedido ingresar en la vida política si hubiera existido un modo de representar una comunidad sin tener que ser elegido. La gente en Mississippi sería lo suficientemente excéntrica como para votar por él, pero, entretanto, ¿dónde encontraría algunos billetes de veinte dólares que ambicionaba hacer llegar de vez en cuando a las mujeres de su casa, reducidas como estaban a una dieta a base de harinas? Se le metió en la mente, con cierta firmeza, la idea de que sus opiniones no suscitarían ningún interés, y la evaporación de esos agradables proyectos le hizo sentir como un hombre en una barca, en alta mar, que ha perdido el último trozo de vela que le quedaba.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker