Las Bostonianas

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Se había aplicado a ella con esmero, había sido ambicioso, y sin embargo no había triunfado. Durante las semanas anteriores al momento en que volvemos a encontrarlo, había comenzado a perder la fe en su destino sobre esta tierra. Para él era cuestión de preguntarse si el triunfo en alguna de sus formas le llegaría alguna vez; si un pobre joven de Mississippi, sin medios, sin amigos, a quien faltaba, además de una gran fuerza de voluntad, la astucia de la serpiente, artes personales y un prestigio nacional, podría ganar en Nueva York el juego de la vida. Había estado a punto de abandonar la empresa y de volver a la casa de sus antepasados, donde, como había sabido por su madre, quedaban todavía las suficientes reservas de maíz como para mantener la existencia. Nunca había creído demasiado en su suerte, pero durante el último año había sido víctima de aberraciones capaces hasta de sorprender a una constante e imperturbable víctima del destino. No solo no había ampliado sus relaciones, sino que había perdido la mayoría de los pequeños asuntos de los que tan complacido se encontraba un año atrás. No tenía ahora sino encargos mínimos, y había resuelto de la manera más confusa algunos de ellos. Tales incidentes no habían contribuido de una manera muy feliz a establecer su reputación; había sido capaz de advertir que esa bella flor podía ser destruida cuando era aún un capullo tan tierno que apenas si resultaba visible. Se había asociado con una persona que le parecía lo bastante competente como para remediar algunas de sus deficiencias: un joven de Rhode Island que tenía, según su expresión, intimidad con los procedimientos internos de la corte. Pero aquel caballero, por lo que se pudo ver después, necesitaba ser también regenerado, y la principal deficiencia de Ransom, que después de todo era la de no contar con dinero en efectivo, no resultó menos evidente cuando el colega, antes de una imprevista e inexplicable salida a Europa, retiró del banco los pocos ahorros de la empresa. Ransom permanecía sentado durante horas enteras en su oficina en espera de clientes que o no llegaban, o que si llegaban parecían no encontrarlo suficientemente alentador, ya que por lo general se retiraban después de expresar que tenían que pensar el asunto antes de proceder de cualquier manera. Después de haberlo pensado, eran muy raras las veces que volvían a aparecer, así que al final comenzó a preguntarse si no se trataría de algún prejuicio en contra de su aspecto sureño. Tal vez no les gustaba la manera en que se expresaba. Si hubieran podido sugerirle una mejor, él de buena gana la habría adoptado; pero las maneras de Nueva York no se podían adquirir por precepto, y el ejemplo, de cualquier manera, en esos casos tampoco resultaba contagioso. Se preguntaba si no sería estúpido o poco capacitado, y al final se vio obligado a confesarse que era muy poco práctico.


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