Las Bostonianas

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XXI

Basil Ransom vivía en Nueva York en un sitio bastante retirado del centro, hacia el este de la ciudad; ocupaba dos pequeñas habitaciones miserables de un edificio ruinoso que se hallaba en la esquina de la Segunda Avenida. La misma esquina estaba ocupada por una tienda de comestibles cuya proximidad resultaba fatal para cualquier pretensión que Ransom o sus coinquilinos pudieran haber tenido sobre la distinción del lugar. La casa tenía una fachada roja y sucia, con descoloridas persianas verdes. En una de las ventanas inferiores estaba colgado un cartel manchado por las moscas, con las palabras «Pensión con comidas» formadas con letras no del todo precisas de papel coloreado, de varias tintas, y rodeadas con una banda dorada. Los dos lados de la tienda estaban protegidos por un inmenso toldo que se proyectaba sobre una acera mugrienta y se sostenía por palos clavados en el bordillo. Bajo él, en unas tablas, había cestas y barriles en un agrupamiento desordenado y pintoresco; una ventanilla se abría bajo los pies de aquellos que se detuvieran a mirar con atención los productos que mostraban las vitrinas; un penetrante aroma de pescado en salmuera, combinado con una fragancia de melaza, estaba suspendido en el aire; la acera, junto a la ventanilla, estaba llena de sucias cestas de patatas, zanahorias y cebollas; y un brillante carro de colores vivos, con el caballo no uncido al tiro, aparecía al borde de aquella abominable calle (contenía agujeros y surcos de un pie de profundidad, y una inmemorial acumulación de basura), confiriéndole un aire pastoral, rural e indolente a una escena que de otra manera hubiera resultado expresiva de cierto nivel de civilización. El establecimiento era de esa clase que los neoyorquinos conocen con el nombre de «tienda holandesa»; y desde el umbral de la puerta se podía observar a los vendedores de caras enrojecidas, cabellos rubios y brazos desnudos. Menciono todo esto no porque tenga ninguna influencia especial en la vida o en el pensamiento de Basil Ransom, sino por un viejo prurito de situar la escena y por obtener algún efecto de color local; es bien sabido que una figura no representa nada fuera de su escenario, y nuestro joven pasaba diariamente, con paso indiferente y distraído, es cierto, entre los objetos que brevemente he descrito. Una de sus habitaciones daba directamente sobre el portón de la casa; cuando un dormitorio es tan pequeño recibe en Nueva York el nombre de «sala-dormitorio». La sala de al lado no era mucho mayor, y ambas dominaban una fila de habitaciones de aspecto no menos miserable que las dos de Ransom; casas construidas cuarenta años atrás y que ya ofrecían un aspecto viejo y ruinoso. Estaban también pintadas de rojo y los ladrillos se acentuaban por un contorno blanco; estaban adornadas, en el primer piso, con balcones cubiertos con pequeños techos de lámina, con rayas de distintos colores y con elaboradas herrerías que les daban el aspecto oprimente de una jaula y las hacía asemejarse vagamente a los pequeños enrejados desde los que se puede ver hacia la calle sin ser visto, que son uno de los rasgos característicos de las ciudades orientales. Desde tales puestos de observación se dominaba la vista de la tienda de la esquina, de la calle solitaria y sucia, cuya monotonía se rompía solo por algún barril de basura al borde de la acera o con las lámparas de gas en equilibrio inestable sobre los postes, y más al oeste, al final de aquel trunco panorama, el esqueleto fantástico del ferrocarril elevado, que cruzaba transversalmente la calle, oscurecida y sofocada por la desmesurada espina dorsal y por millares de huesos de un monstruo antediluviano. Si no me estuviera negada la oportunidad, haría una rápida y breve descripción de las habitaciones de Ransom, de algunas personas de ambos sexos, por lo general no favorecidas por la fortuna, que habían hallado asilo allí; un retrato de la pequeña y arrugada table d’hôte, de dos dólares y medio a la semana, donde todo resultaba inapetecible y que funcionaba en los sótanos bajo la dirección de una pareja de desganadas negras, que se mezclaban en la conversación general y que emitían risitas semirreprimidas y misteriosas cuando aquella tomaba un tono atrevido. Pero en rigor no debemos interesarnos sino en lo que puede servirnos para asumir que el joven del Mississippi, año y medio después de su extraordinaria visita a Boston, no había logrado hacer muy lucrativo el ejercicio de su profesión.


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