Las Bostonianas
Las Bostonianas Más tarde, cuando volvió su prima y pasaron juntos al comedor, donde se sentó frente a ella en una pequeña mesa decorada con un ramillete de flores en el centro, en una posición desde la cual veía otro panorama, a través de una ventana donde las cortinas, por indicación de ella, no habían sido corridas (y ella le hizo notar que lo había hecho en su beneficio), el panorama del oscuro cauce del río con manchas de luz aquí y allá; en ese momento, repito, le hubiera parecido natural decirse a sí mismo que nada en el mundo lo lograría inducir a hacerle la corte a semejante tipo de mujer. Varios meses después, en Nueva York, en una conversación con la señora Luna, a quien estaba destinado a frecuentar bastante, aludió incidentalmente a aquella cena, al puesto que su hermana le había asignado en la mesa y a la observación con que le había hecho notar las ventajas de aquel asiento.
—Eso es lo que en Boston consideran ser una persona «atenta» —dijo la señora Luna—; concederle a uno la vista de la Back Bay (¿no es un nombre detestable?), y atribuirse el mérito de haber dispensado esa merced.