Las Bostonianas
Las Bostonianas En el término de cinco minutos, sin embargo, llegó a desear esto tan poco como casarse con la señora Luna. Quería tener más noticias sobre la muchacha que vivía con Olive Chancellor. Algo había revivido en él, una vieja curiosidad, una imagen semidesvanecida, cuando supo que había vuelto a Estados Unidos. Se había formado una impresión errónea de lo que la señora Luna le había dicho, casi un año atrás, sobre la visita de su hermana a Europa; había supuesto que se trataría de una larga ausencia, que la señorita Chancellor quería tal vez apartar a la joven profetisa de sus padres, alejarla posiblemente de algún enredo amoroso. Además seguramente querían estudiar la situación de la mujer con las facilidades que Europa podía ofrecer; no sabía mucho sobre Europa, pero tenía idea de que era un lugar que ofrecía grandes facilidades. La noticia de la salida de la señorita Chancellor, acompañada de su joven colega, había suprimido en aquella época en Ransom cierta costumbre de ociosa, pero no menos atractiva, retrospección. Su vida en general no era rica en episodios, y aquel pequeño capítulo de su visita a su extraña, inteligente y caprichosa prima, con la velada en casa de la señorita Birdseye, y su vislumbre, repetida al día siguiente, de la extraña, bella y ridícula improvvisatrice pelirroja se desenvolvió en su memoria como la página de una novela interesante. Aquella página pareció borrarse, sin embargo, cuando se enteró de que las dos jóvenes se habían marchado, por tiempo indefinido, a tierras extrañas; eso las eliminaba de sus perspectivas; disminuía su realidad; así que durante varios meses, un poco por el aumento de ansiedad que le producían sus negocios y la depresión de su espíritu, no había pensado para nada en Verena Tarrant. El hecho de que ella estuviera de nuevo en Boston, con la implícita proximidad que parecía existir entre Boston y Nueva York, se le presentaba a su imaginación como algo muy importante y agradable. Era consciente de que se trataba de una anomalía, y su conciencia lo hacía fingir sobre el particular. No recogió su sombrero para salir; se sentó en la poltrona resignado a soportar las pruebas con que la señora Luna podía desafiar su cortesía. Recordó que hasta ese momento no había hecho ninguna pregunta sobre Newton, quien a aquella hora había cedido al único poder capaz de domar lo indomable, y estaba durmiendo el sueño de la niñez, ya que no el de la inocencia. Ransom puso remedio a su omisión de un modo que provocó una respuesta torrencial de su anfitriona. El chico había tenido varios tutores desde que Ransom lo había abandonado, y no podía decirse que su educación hubiera sido descuidada. La señora Luna habló con orgullo del modo en que Newton se desenvolvía; si no lograba dominar las lecciones al menos podía dominar a sus maestros, y tenía la feliz convicción de que ella le procuraba una gran ayuda. La dilación de Ransom fue solo una medida diplomática, y diez minutos más tarde había vuelto al tema de las damas de Boston. Preguntó a qué se debía que con el agresivo tenor de su programa no se hubiera comenzado a sentir su llegada. ¿Por qué los ecos de la elocuencia de la señorita Tarrant no habían llegado a sus oídos? ¿No se había presentado todavía al público? ¿No pensaba ir a inflamar los ánimos de los neoyorquinos? Esperaba que ella no hubiera fracasado.