Las Bostonianas
Las Bostonianas Recordó (debió haberlo recordado antes) que él no le había hecho ninguna confidencia sobre sus negocios. Que aquellas no eran las maneras con que se podía tratar a un hombre del Sur, y que él era en definitiva tan orgulloso como pobre. En esa ocasión Adeline estaba en lo justo. Basil Ransom se hubiera despreciado si hubiera sido capaz de confesarle a una mujer que no podía ganarse la vida. Tales asuntos eran demasiado delicados para tratarlos con una mujer (los asuntos de las mujeres eran sencillamente, ser mantenidas, practicar las virtudes domésticas y ser encantadoras y agradables), y había algo casi indecente en hablar de ellos. La señora Luna sintió doblemente su error, al darse cuenta de que él se negaba también el lujo de la simpatía (de la suya, en ese caso), y el suspiro vago pero audible que pasó por sus labios cuando volvió nuevamente a su labor expresaba de manera poco habitual su impotencia. Le dijo que por supuesto sabía cuán grande era su talento, y que podría hacer todo lo que quisiera; y Basil Ransom se preguntó por un momento si, admitiendo que ella le propusiera matrimonio a bocajarro, estaría conforme con la elevada galantería de un caballero del Sur negarse. Después de casarse con ella podría por supuesto confesarle que era demasiado pobre para contraer matrimonio, pues en tal relación aun un caballero del Sur de la más alta categoría puede en ciertos casos sincerarse. Pero de ninguna manera deseaba que las cosas se arreglaran de esa manera, y era consciente de que la consecuencia más pertinente a aquella conjetura sería tomar el sombrero y retirarse.