Las Bostonianas

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—Lo recordaré y se lo exigiré —le gritó ella a sus espaldas mientras él se marchaba.

Pero no obstante este cambio de recíprocas promesas, Ransom consideró que se había librado de ella con bastante facilidad. Caminó lentamente por la Quinta Avenida, a la cual daba la calle de Adeline, bajo la luz de una magnífica luna de invierno; y en cada esquina se detenía un minuto, se sumía en meditaciones y exhalaba vagos y tiernos suspiros. Era ese un modo involuntario e inconsciente de expresar su alivio, igual al de un hombre que cree haber sido atropellado y se da cuenta de que tiene todos los miembros en su sitio. No se preocupó demasiado en pensar qué era lo que lo había salvado; fuese lo que fuera había producido su reacción, así que se sintió bastante avergonzado de haberse sentido tan derrotista en los últimos tiempos. Al llegar a la pensión sus ambiciones y su voluntad estaban de nuevo en pie. Recordó que antes había supuesto que era un hombre inteligente, que nada en especial le había ocurrido para hacerle dudar de eso (la evidencia era solo negativa, no positiva), y que de cualquier manera era lo suficientemente joven como para hacer otra prueba. Esa noche comenzó a silbar antes de acostarse.



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