Las Bostonianas
Las Bostonianas Tres semanas después estaba apostado frente a la casa de Olive Chancellor, mirando la calle de arriba abajo sin decidirse a nada. Le había dicho a la señora Luna que nada le gustaba tanto como hacer un viaje a Boston; y no era sencillamente porque le gustara por lo que lo había hecho. Estaba en el punto de afirmar que una feliz oportunidad lo había favorecido, pero se me ocurre que uno no está obligado a calificar las oportunidades con adjetivos elogiosos cuando estas han sido esperadas durante tanto tiempo. De cualquier modo la hora más oscura es aquella que precede al alba; y pocos días después de aquella melancólica velada que he descrito, la que Ransom pasó en la cervecería alemana, ante un vaso rápidamente consumido, contemplando su futuro con ojos de amargura, descubrió que el mundo parecía necesitar de sus servicios. La «parte», como él hubiera dicho (no puedo pretender que su lenguaje fuera demasiado heroico en esos casos), que le había encomendado el arreglo de determinados asuntos en Boston hacía tantos meses, y que entonces no había manifestado sino un aprecio muy limitado de sus servicios (había habido entre el abogado y su cliente una diferencia de juicio), al observar, según parece, que habían resultado mucho más fructíferos de lo que se imaginaba, había vuelto a reconsiderar el asunto y por consiguiente le encargó a Ransom que se trasladara nuevamente a la ciudad hermana. La nueva misión requería más tiempo que antes, y durante tres días le prestó una atención constante. El cuarto día advirtió que debía todavía permanecer allí; tendría que esperar hasta la noche… le tenían que preparar unos papeles muy importantes. Se dispuso, pues, a usar ese intervalo como un día de vacaciones, y se preguntó qué podría hacer una persona en Boston para darle un carácter festivo a una mañana libre. El tiempo era lo bastante radiante como para alimentar cualquier ilusión, y comenzó a vagar por las calles en espera de que alguna se realizara. Se detuvo en el Music Hall y en Tremont Temple, mirando los carteles del vestíbulo. ¿No sería acaso posible que la joven amiga de la señorita Chancellor estuviera dirigiendo en esos momentos un discurso a sus conciudadanos? Su nombre, sin embargo, no figuraba, y ese incidente le pareció una especie de broma a su costa. No conocía a nadie en la ciudad, excepción hecha de Olive Chancellor, pero no se sentía incitado a hacerle una visita. Estaba absolutamente resuelto a no volver a acercársele jamás; indudablemente se trataba de un ser superior, pero lo había tratado con demasiada rudeza como para que él intentara cualquier nueva aproximación. La cortesía, aun la caballerosidad entendida en su sentido más amplio, no exigía nada más de lo que ya él había hecho; el año pasado se había despedido de ella sin decirle que era una arpía, y eso en sí ya era un signo de cortesía bastante elocuente. Por supuesto que se trataba también de Verena Tarrant; no veía la razón de disimular cuando hablaba de ella para sí mismo, y se concedía la distracción de sentir que le gustaría muchísimo verla de nuevo. Lo más probable es que ella no quisiera verlo; la impresión que ella le había producido podía deberse a algún accidente o circunstancia especial; y, de cualquier manera, el encanto que entonces había podido ejercer podía muy bien haber desaparecido por los efectos groseros de la publicidad y la benéfica influencia de su prima. Debe observarse que en este razonamiento de Basil Ransom se reconocía libremente la impresión recibida como un fenómeno que aún perduraba. La atracción podía haberse desvanecido, como él mismo se dijo, pero la imagen mental era todavía muy viva. Lo peor de todo era no poder visitar a Verena (él la llamaba por su nombre en sus pensamientos; era tan bonito), sin tener que visitar a Olive, y Olive era tan desagradable como para situar ese esfuerzo más allá de sus posibilidades. Ransom se hacía otra consideración, del todo masculina: creía que la señorita Chancellor había concebido, en el curso de unas horas, y de una manera que constituía una secuela absurda el hecho de haberlo invitado para conocerlo, tal disgusto, que le resultaría odioso volver a verlo bajo su techo; y él hubiera considerado indelicado aprovecharse de la invitación inicial (antes de haberlo visto), para imponerle una presencia que no tenía ninguna razón para suponer que aquel lapso de tiempo hubiera hecho menos odiosa. No le había mostrado ninguna señal de perdón o de arrepentimiento en ninguna de las tantas pequeñas maneras que conocen las mujeres; enviándole una nota por medio de su hermana, o un libro, una fotografía, una tarjeta de Navidad, o una revista por correo. En una palabra, Ransom no se sentía en libertad de tocar a su puerta; no sabía qué tipo de acceso le hubiera producido volver a ver su alta figura, y era típico de él querer preservar la sensibilidad de una joven en quien no había encontrado ninguna ternura; siempre estaba dispuesto a perdonar a las mujeres individualmente, aunque estaba firmemente convencido de que era un sexo que en general exigía vigilancia.