Las Bostonianas
Las Bostonianas La persona que había salido de la casa descendía muy lentamente las escaleras, como si lo hiciera a propósito para darle tiempo de escapar; y cuando al final las puertas de vidrio se separaron, dieron paso a una pequeña anciana. Ransom se sintió defraudado, tal aparición era del todo innecesaria. Pero al minuto siguiente su ánimo volvió a elevarse, porque tenía la seguridad de que había visto antes a aquella ancianita. Esta se detuvo en la acera, y miró vagamente a su alrededor, como si estuviera esperando un ómnibus o un tranvía; tenía un aspecto decaído y descuidado, como si llevara el mismo vestido desde hacía muchos años y aún no se acostumbrara a él; un rostro amplio y benévolo, encerrado tras el cristal de sus lentes, que parecían cubrirlo por entero, y un maletín arrugado y deslucido que le colgaba a un lado como si la fatigase llevarlo. Eso le dio tiempo a Ransom de reconocerla: no conocía en Boston a ninguna persona que se pareciera a aquella, salvo la señorita Birdseye. Su tertulia, su persona, el exaltado relato que la señorita Chancellor le había hecho de ella, habían ocupado un puesto muy destacado en su mente; y mientras ella permanecía allí, en lúgubre introspección, él la consideraba como si fuera una amiga de ayer. La necesidad añadió fuerza a los recuerdos que aquella figura evocaba; solo le llevó un momento considerar que ella podía decirle dónde se encontraba Verena Tarrant a esa hora, y dónde, si era necesario, vivían sus padres. Los ojos de ella se posaron por un momento en él, y cuando vio que la estaba observando no se preocupó (tan completamente había roto con todos los convencionalismos) en apartar la mirada; evidentemente él no representaba para la señorita Birdseye nada, fuera de un ciudadano en pleno uso de sus derechos, y uno de ellos era el de observarla. La modestia de la señorita Birdseye nunca había osado pretender que no podía ser desafiada en público; había tantos nuevos motivos e ideas brillantes en el mundo que podían ser la razón por la que la observaran. Cuando Ransom se le acercó y, quitándose el sombrero, le dijo con una sonrisa en los labios: «¿Quiere usted que detenga ese coche, señorita Birdseye?», ella solo lo miró más vagamente, en su incapacidad total de aferrarse a la idea de que aquello podía ser sencillamente un reconocimiento de su fama. Había desfilado durante cincuenta años por las calles de Boston, y en ningún período había recibido tantas atenciones de parte de otros jóvenes de ojos negros. Ella se quedó mirando sin prejuicios el gran vehículo de colores que se acercaba a ellos por el camino que conducía a Cambridge.