Las Bostonianas

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—Bueno, lo tomaré si es el que me lleva a casa —respondió—. ¿Es el que va al South End?

El conductor había detenido el vehículo a la vista de la señorita Birdseye. Por lo visto la había reconocido como a una pasajera habitual. Al detenerse se limitó a observar:

—Dese prisa en subir, por favor. —Y permaneció con la mano levantada de un modo amenazador, sujetando la cuerda de la campanilla.

—Me concederá usted el honor de acompañarla a su casa, señora; le diré quién soy —dijo Basil Ransom, obedeciendo a una rápida reflexión.

La ayudó a subir al carruaje; el conductor le tendió una mano fraternal y un momento después el joven estaba sentado junto a ella y el estruendo había vuelto a empezar. A aquella hora del día el ómnibus iba casi vacío; prácticamente lo tenían a su entera disposición.

—Bueno, sé que usted es alguien… Pero me parece que no es de aquí —declaró la señorita Birdseye.

—Estuve en su casa en una ocasión… Fue una ocasión muy interesante. ¿Recuerda usted una reunión que convocó hace un año, en el mes de octubre, a la que asistió la señorita Chancellor, y otra joven que pronunció un discurso maravilloso?

—Oh, sí, cuando Verena Tarrant nos conmovió tanto. Había mucha gente; no puedo acordarme de todos.


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