Las Bostonianas
Las Bostonianas —¡Por supuesto que lo logró! —dijo Ransom inmediatamente—. Me pareció encantadora.
—¿No la encuentra usted muy lúcida?
—¡Dios nos libre, señora! Yo sostengo que las mujeres no tienen ninguna necesidad de ser lúcidas.
Su acompañante se volvió hacia él, lentamente, con su aire sumiso, y cada uno de sus lentes, en aquella actitud de reproche, tuvo el brillo de una enorme lágrima.
—¿Nos considera usted, entonces, sencillamente como juguetes encantadores?
El efecto de esta pregunta, por proceder de la señorita Birdseye y referirse en cierto modo a su propia venerable persona, fue tal que Ransom estuvo a punto de soltar una carcajada. Pero logró controlarse a tiempo para decir con expresión de autenticidad:
—Las considero a ustedes como la cosa más preciosa que existe en este mundo; la única por la que vale la pena vivir.
—Para ustedes vale la pena vivir. Pero ¿para nosotras? —sugirió la señorita Birdseye.
—Vale la pena para toda mujer mientras sea admirada como yo la admiro a usted. La señorita Tarrant, de quien estábamos hablando, me impresionó, como usted dice, de esta manera, pues ahora pienso en muchos mejores términos del sexo que produjo a una joven tan deliciosa.