Las Bostonianas

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La modestia, la dulzura de esta pequeña explicación, con una especie de deseo tácito, que era casi una súplica, de obrar correctamente, dejó como una fragancia en el aire cuando ella desapareció. Ransom caminó de un extremo al otro de la sala, con las manos en los bolsillos, bajo la influencia de aquella sensación, sin siquiera volver a tomar el libro de la señora Foat. Ocupó ese tiempo en preguntarse por qué perversidad del destino o hado o inclinación personal una criatura tan encantadora tenía que estar perorando sobre una tribuna y viviendo en el bolsillo de Olive Chancellor, y cómo una oradora y una radical podía ser tan fascinante. ¡Y era, además, tan perturbadoramente bella! Este último hecho no fue menos evidente cuando ella bajó ataviada para el paseo. Salieron de la casa y mientras caminaban Ransom recordó que ya se había preguntado antes esa mañana cómo era posible aprovechar esa mezcla de elementos: indolencia y dulzura etérea; un sentimiento de dulzura que parecía impregnar su propio aliento. Ahora podía contestar a esa pregunta: hacer precisamente lo que estaba haciendo era darle a la ocasión un tono en verdad festivo.





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