Las Bostonianas
Las Bostonianas Pasaron dos o tres pequeñas calles que, con sus pequeñas casas de madera y sus empalizadas y portones de madera, parecían haber sido construidas por el carpintero del barrio y su aprendiz —una región sin perspectivas, sin ruidos, con espacios en blanco, enteramente embrionaria—, y entraron a una amplia avenida que, bordeada a ambos lados de villas nuevas que se ofrecían confiadamente a la vista del público, se distinguía por una amplia acera de relucientes ladrillos rojos. La pintura nueva en las paredes de aquellas casas, suficientemente separadas entre sí, brillaba en el aire transparente: tenían, en la cima, pequeñas cúpulas y terrazas; al frente un pórtico con columnas, desnudo ahora que la vida invernal transcurría en los interiores; a cada lado una ventana o dos, y por todas partes una ornamentación de cúpulas, ménsulas, cornisas, florilegios de madera. Casi todas ellas se elevaban sobre pequeñas prominencias del terreno, bien visibles ante el mundo, con la perfecta buena conciencia que en muchos casos procedía, como Ransom había podido ver (y había observado el mismo ornamento cuando había recorrido con Olive el barrio en que vivía la señorita Birdseye), de un número plateado, fijo sobre el cristal superior de la puerta, con las cifras lo suficientemente grandes como para poder ser leídas por la gente que, en los tranvías de caballos, viajaba en medio de la avenida. Esas insignias cintilantes eran las que proporcionaban a la mayor parte de las casas situadas a ambos lados de la avenida su identidad principal. Uno de aquellos tranvías de caballos avanzaba ahora por la avenida; era casi el único objeto que animaba la perspectiva que, en su amplia nitidez, en la tácita implicación de rigurosos hábitos de trabajo de parte de las personas que no estaban a la vista, le resultó muy impresionante a Ransom. Mientras caminaba con Verena le preguntó sobre la Convención Feminista que había tenido lugar el año anterior; si esta había cumplido sus objetivos y si Verena la había disfrutado.
