Las Bostonianas

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Desde el momento que cruzó el umbral de la casa de la señora Burrage no le cupo la menor duda de que se encontraba en el mundo elegante. Este estaba sorprendentemente encarnado en la dama corpulenta y fea vestida con un color brillante, resplandeciente de joyas y con el busto muy escotado que permanecía de pie ante la puerta del primer salón y estrechaba la mano de todas las personas que iban pasando. Ransom le hizo una profunda reverencia a la manera de Mississippi, y ella le dijo que estaba encantada de verlo, mientras las personas que formaban la fila detrás de él lo obligaban a proseguir su camino. De pronto se encontró en un gran salón, entre luces y flores, donde había numerosas personas, y muchas otras damas resplandecientes, sonrientes y con grandes escotes. Era evidente que se trataba del mundo elegante porque no había allí nadie a quien hubiera visto antes. Las paredes del salón estaban cubiertas con cuadros, el mismo cielo raso estaba pintado y enmarcado. Las personas allí reunidas se empujaban ligeramente unas a otras, avanzaban y retrocedían, mirándose recíprocamente con las expresiones más diversas, a veces con una especie de imperceptible sonrisa benévola; otras, por el contrario, con mirada dura, con una especie de crueldad, por lo menos así le pareció advertir a Ransom; a veces con repentinos ademanes y gestos, murmullos inarticulados, seguidos por una rápida reacción, una especie de tristeza. Estaba ahora totalmente convencido de que se encontraba en medio de la mejor sociedad. Se encontró cada vez más empujado por aquel flujo humano, y vio que otro salón se abría al final de aquel al que había entrado primero, y que en él había una especie de pequeño escenario, cubierto con una alfombra roja, y un gran número de sillas alineadas en filas. Se dio cuenta de que la gente lo miraba, igual que a los demás, aunque le pareció que más que a los demás, y se preguntó si sería muy visible que su presencia allí era una especie de excepción. No pensaba, por supuesto, que su cabeza sobresalía sobre las cabezas de los demás, o que su piel morena, sus ojos brillantes y sus cabellos negros y lacios, la expresión leonina que ya he mencionado en las primeras páginas de esta narración, le daban el relieve necesario para constituir un tema de conversación en el gran mundo. Pero había además otros temas, como pudo advertir por fragmentos de conversación de dos damas que llegaron a su oído mientras permanecía de pie, preguntándose dónde podía estar Verena Tarrant.


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