Las Bostonianas

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Cuando se detuvo frente a ella advirtió que su suposición era del todo precisa. Olive estaba intensamente pálida por el malestar que experimentaba. No estrechó la mano que Ransom le tendió, y él supo que nunca más repetiría ya con él aquella ceremonia. Levantó la mirada cuando él le dirigió la palabra, y sus labios temblaron ligeramente; pero su cara mantuvo su intensa severidad y sus ojos despidieron un destello casi febril. Era evidente que se había refugiado en aquel rincón en busca de soledad; Basil pudo reconocer que como él también Olive se sentía una intrusa. El pequeño sofá en el que se había sentado tenía la forma de aquellos que los franceses llaman causeuse; había sitio en él solo para otra persona, y Ransom le preguntó, de manera jovial, si podía sentarse a su lado. Olive se volvió hacia él una vez que se hubo sentado, pero no se atrevió a mirarlo; abrió y cerró el abanico en espera de que se le pasara aquella repentina falta de confianza en sí misma. Pero Ransom no esperó; habló de su encuentro con tono jocoso, preguntándole si había ido a Nueva York con el fin de sublevar al pueblo. Olive miró a su alrededor; casi todos los huéspedes de la señora Burrage les daban la espalda y sus figuras estaban semiocultas por una pirámide de flores que se elevaba sobre un pedestal colocado junto a la parte del sofá que ocupaba Olive y que difundía su perfume por toda la sala.


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