Las Bostonianas
Las Bostonianas Fuera cual fuese el círculo místico, Ransom estuvo de acuerdo con la segunda dama en que una asistencia regular debía de ser algo terrible y la admiró por su independencia en medio de aquel mundo tan artificial. Gran parte de la asistencia se encontraba ya reunida en la segunda sala, y muchas personas habían comenzado a ocupar sus sillas frente a la tribuna vacía. El joven llegó a la amplia puerta y vio que se trataba de una amplia sala de música, con un decorado blanco y dorado, el suelo pulido y bustos de mármol de algunos compositores en nichos colocados en las paredes. No se atrevió por timidez a tomar asiento. Vio que las damas estaban instalándose primero. Volvió al primer salón a esperar a que el público se hubiera acomodado, sabiendo que aunque quedara detrás de todos, su estatura le permitiría ver, cuando, de pronto, en una esquina, sus ojos descubrieron a Olive Chancellor. Estaba sentada en un sitio al margen de los invitados y lo miraba fijamente; pero tan pronto como se dio cuenta de que él la había descubierto desvió la mirada, sin dar señales de haberlo reconocido. Ransom dudó por un momento, pero inmediatamente después se dirigió hacia ella; por instinto había sabido que la señorita Chancellor no accedería a que su querida amiga fuera a Nueva York sin ella. Era posible que Olive tratara de evitarlo, sobre todo si sabía que él la había evitado la semana anterior en Boston. Pero era su deber considerar como un hecho que ella le dirigiría la palabra, hasta que no se probara lo contrario. Aunque él la había visto solo dos veces, recordaba muy bien cuán intensamente tímida podía ser, y pensó que era posible que uno de esos espasmos se hubiera apoderado en esos momentos de ella.