Las Bostonianas

Las Bostonianas

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—Ah, no sea cruel conmigo —respondió con su más suave tono de caballero del Sur—. ¿Ya se le ha olvidado la manera en que me trató cuando fui invitado a visitarla en Boston?

—Nos mantienen encadenadas, y cuando nos retorcemos en medio de nuestras agonías, todavía son capaces de decir que no sabemos comportarnos.

Estas palabras, que no disiparon precisamente la sorpresa de Ransom, fueron la respuesta de la joven a la recriminación de este. Ella percibió que estaba realmente sorprendido y que en un momento más comenzaría a reírse, como había ocurrido hacía año y medio (se acordaba de aquella ocasión como si hubiera tenido lugar el día anterior), y para evitarlo añadió precipitadamente:

—Cuando escuche a la señorita Tarrant sabrá a qué me refiero.

—¡Oh, la señorita Tarrant! ¡La señorita Tarrant! —Y Basil Ransom se echó a reír.

¡Así que a fin de cuentas ella no había logrado escapar a sus mofas! Lo miró con aspereza; su timidez había desaparecido del todo.

—¿Qué sabe usted de ella? ¿Qué puede objetarle?


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